«D. Agustín, ¡qué tiempo! Mañana es luna nueva y puede que cambie»—le dijo en el callejón del Perro un dependiente de Trujillo.

—Abur, abur...

Por fin llegó a su casa... Al abrirle la puerta, díjole Felipe:

«La señorita Amparo le espera a usted...».

Y él, oyéndolo, tembló de sobresalto y de pena, de curiosidad y de miedo de satisfacerla... ¿Qué cara pondría ella?, ¿qué le diría?

«¿Y mi primo Bringas, está también?».

—No señor; la señorita vino sola.

Atravesó Caballero las habitaciones. En la primera no estaba, en la segunda tampoco. Lo que más le sorprendió fue oír la musiquilla de los pájaros. Pero en el momento de poner su pie en el segundo gabinete, calló la música de repente. Se le había acabado la cuerda. El silencio que siguió a la suspendida tocata era tan respetuoso y lúgubre, que Agustín tuvo miedo... Pues allí tampoco estaba. Vio sobre la mesa un vaso, un frasquito. Entonces nuestro insigne amigo levantó con cierto temor la cortina de la alcoba y vio un pie... Espantado se detuvo, mirando mejor, porque el balcón de la alcoba estaba cerrado y había muy poca luz... Vio una falda negra... un brazo que colgaba, tocando la mano al suelo... una rosada oreja... un pañuelo que cubría la cara... Acercose con la horrible sospecha de que no había en aquel cuerpo señales de vida; tan inmóvil estaba... Miró de cerca... La tocó, la llamó... Sí, vivía... respiraba con trabajo cual si padeciera una fuerte congoja. Los ojos los tenía cerrados, secos...

Saliendo otra vez al gabinete, vio Caballero la receta... Leyó brevemente, corrió hacia fuera... Felipe vino a su encuentro en el salón...

«Que llamen un médico—le dijo el amo—. Di, ¿la señorita vino sola?, ¿la viste tú tomar...?».