—Una medicina, sí señor. Me mandó traerla de la botica.

—¡Tú!... ¡condenado!—exclamó Agustín arremetiendo al sirviente con tanto furor, que este creyó llegado el fin de sus días.

—Señor...—balbució llorando Felipe—la medicina la hice yo...

—¿Con qué?... perro... asesino.

—No tenga cuidado... El boticario me dijo que era veneno, y entonces yo... ¡ay, no me pegue!... me vine a casa, cogí un frasco vacío, lo llené de agua del grifo... y en el agua eché...

—¿Qué echaste, verdugo?

—Lo eché un poco de tintura de guayaco... de la que trajo Doña Marta cuando le dolieron las muelas.

—Llama a Doña Marta... No avises todavía al médico.

Caballero volvió al gabinete. En la mesa había también una carta. Rompiendo el sobre, leyó estas torcidas letras escritas con lápiz: Todo es verdad. No merezco perdón, sino lástima. Después seguía el nombre de Amparo, y tras de la o, el garabatito... ¡Infame garabatito!... Corrió hacia ella, porque la había sentido gemir... La suicida mirole con ojos extraviados y empezó a decir medias palabras, muy incoherentes y sin ningún sentido.

«Esto es delirio... ataque a la cabeza»—dijo Doña Marta, que había acudido presurosa...