IDO.—(Vanidosamente.) Lo que es a mí, chico, la realidad me da siempre la razón... Pero no te entretengas... Me parece que Doña Rosalía te llama.

CENTENO.—Que espere esa fantasmona. No se la puede aguantar... Y que le gusta mandarnos, como si fuera el ama de la casa. ¡Qué humos tan cargantes! Ayer me tiró de esta oreja... por poco echo sangre... me llamó mequetrefe y me dijo: «te estás haciendo muy señorito, y yo te voy a leer la cartilla...». Pues no es entrometida que digamos; y ainda mais, amigo Ido. Anoche cogió los dos jarritos finos que tienen flores de porcelana por arriba y por abajo, ¿sabe?, y se los llevó la muy... Dijo que aquí no hacían falta para nada. Anteayer cargó con una docena de servilletas que no se habían estrenado y con tres manteles... En fin, esto es el puerto de arrebata-capas. A mí me dan ganas de echarle el alto cuando veo tales frescuras.

IDO.—(Con malicia.) No te metas en eso, amigo Aristóteles, que el amo es el amo, y bien ve lo que hace la tal... y cuando lo ve y calla, por algo será... Esta mañana entró en el despacho diciendo: «¿Hay por aquí un pedacito de papel?», y cargó con tres resmas del timbrado y con unos trescientos sobres. Ahí tienes los pedacitos que gasta esa señora... Silencio; me parece que...

ROSALÍA.—(Desde la puerta, enojadísima y en tono muy despótico.) ¡Felipe!... te estoy llamando hace una hora... Eres la calamidad mayor que he visto. No sé cómo Agustín te tolera, grandísimo haragán... A ver... las camisas de tu amo, mequetrefe ¿dónde las has puesto?

XXXIX

Cuando Agustín se acercaba, ganando escalones, a la alta vivienda de Amparito, Doña Nicanora descendía.

«¡Ah!, ¿es usted?—dijo sorprendida la esposa de Ido—. Está mejor. Ayer se levantó. Hace un rato ha comido muy bien... No necesita el señor llamar. He dejado la puerta abierta, porque vuelvo en seguida».

Amparo estaba en un sillón, bien arropada, tapándose la boca con la mano derecha envuelta en un pliegue del mantón. Por los vidrios de la estrecha ventana miraba los gorriones que en el tejado vecino hacían mil monerías, y luego volaban en grupos, perdiéndose en el cielo azul. El día era espléndido, y mirando aquel cielo no se comprendía que existiera el fenómeno de la lluvia. Cuando sintió rechinar la puerta y miró y vio quién entraba, estuvo a punto de perder el sentido. No pronunció una palabra; entrole aquel idiotismo de los días anteriores. Agustín, muy cortés, se sonrió, y traspasado de emoción, preguntole que cómo estaba. Ella no sabe si dijo bien o mal, ni aun si dijo algo. El que había sido su novio tomó una silla y se sentó a su lado.

«¿Qué tal?—dijo después de una pausa, comiéndosela con los ojos—. ¿Has tomado alimento? ¿Cómo estamos de fuerzas?».

—Hace un momento... regular... bien.