Juez el uno, delincuente la otra, ambos parecían criminales.
—Vengo a despedirme—indicó Agustín, tras otra larga pausa—. Esta tarde me voy para Francia.
Amparo pestañeaba, mirándole. Sus párpados eran el movimiento continuo...
«No llores, no te sofoques—dijo el ex-novio—. Todo se acabó entre nosotros; pero no te guardo rencor. Tu poca sinceridad me ha herido tanto como tu falta, de la cual nada concreto sé todavía, porque nadie me ha dado las pruebas que deseo... Pero sea lo que quiera, tú misma me has dicho lo bastante para que no puedas ser mi mujer. No necesito saber más, no quiero saber más... No me mereces. Reconoce que no me mereces. Yo, al marcharme, te dejaré a salvo de la miseria por algún tiempo... porque he de irme lejos, y es seguro que no has de volver a verme, ni yo a ti tampoco».
La entereza que mostraba le iba a faltar; por lo que creyó prudente retirarse, a fin de que su dignidad no padeciera. Levantábase para salir, cuando se sintió sujeto por una mano. Tiró fuerte, pero no se desprendía. La mano ajena que agarraba la suya tenía fuerzas sobrenaturales. Y en verdad, ¿cómo dejarle partir sin una explicación? Aquel sí que era oportuno momento. Pasada la primera vergüenza, la confesión se salía de la boca, libre, fluida, sin tropiezo, con pedazos del alma, toda verdad y sentimiento.
Cuenta Doña Nicanora que al abrir la puerta de la sala les vio sentaditos el uno junto al otro, las caras bastante aproximadas, ella susurrando, él oyendo con sus cinco sentidos, como los curas que están en el confesonario. La inteligente vecina, viendo que aquel secreto era digno del mayor respeto, no quiso entrar, y entornando la puerta quedose en el pasillo. Bien quería ella pescar algo de lo que la penitente decía; pero hablaba tan quedito, que ni una palabra llegó a las anhelantes orejas de la señora de Ido.
Cuando aquel misterioso coloquio hubo terminado, Amparo tenía la cara radiante, los ojos despidiendo luz, las mejillas encendidas, y en su mirar y en todo su ser un no sé qué de triunfal e inspirado que la embellecía extraordinariamente.
«Nunca la he visto tan guapa»—decía la discretísima vecina.
Nuestro respetable amigo, dando dos o tres suspiros muy fuertes, se paseó por la habitación mirando al suelo.
Monólogo.