Cerró bruscamente el libro, y como prosiguiendo un coloquio interrumpido dijo así:
«¿Y piensa usted volver a Burdeos?».
¡Dios de los mudos, qué feliz ocasión! La respuesta era tan natural, tan fácil, tan humana, que si Agustín no hablaba merecía perder para toda su vida el uso de la palabra. Por su cerebro pasó un relámpago. Era una breve, ingeniosa y trasparente contestación. Al sentirla en su mente, se conmovió su ser todo, punzado por sobrehumano estímulo. Como habla el teléfono articulando palabras trasmitidas por órgano lejano, dejó oír el bueno de Caballero esta gallarda respuesta:
«Sí... pienso retirarme a Burdeos cuando pierda toda esperanza... cuando usted se haga monja».
Amparo lo oyó espantada; púsose muy pálida, después encendida. No sabía qué decir... Y él tan tranquilo, como el que ha consumado con brusco esfuerzo una obra titánica. Lanzado ya, sin duda iba a decir cosas más concretas. Y ella ¿qué respondería?... Pero de improviso oyeron un metálico y desapacible son...
¡Tilín!... la campanilla de la puerta. Bringas y consorte volvían del teatro.
X
No causó sorpresa a Rosalía hallar a su primo en la casa tan a deshora. Había ido a ver cómo seguía el pequeñuelo. ¿Qué cosa más natural? Agustín quería tanto a los niños, que cuando estaban enfermitos se acongojaba como si fueran hijos suyos, y se aturdía y quería llamar a todos los médicos de Madrid. ¡Qué padrazo sería si se casara!... demasiado aprensivo y meticuloso quizás, pues no había que tomar tan a pecho las ronqueras, las fiebrecillas y otras desazones sin importancia propias de la edad tierna.
El sábado de aquella semana, hallándose Amparo y Rosalía en el cuarto de la costura, la dama habló así con su protegida:
«¿Sabes lo que nos ha dicho hoy Agustín? Que no tengamos cuidado, que él te dotará... que él te dotará. ¿Oyes? Ahora decídete».