Amparito no dijo nada, y su silencio turbó tanto el espíritu de la augusta señora, que esta no pudo menos de enojarse un poco.

«Parece que lo tomas con poco calor. Pues mira, para ti haces. Yo he conocido mujeres tontas o irresolutas; pero como tú ninguna. Como no quieras que te salga por ahí un marqués... A fe que están buenos los tiempos».

Amparito, deseando llevar el sosiego al alma de su protectora, dijo que lo pensaría.

«Sí, pensándolo puedes estar toda la vida. Entre tanto sabe Dios lo que podrá pasar... Madrid está lleno de acechanzas. Déjate ir, déjate ir y verás...».

Llegada la hora de marcharse recogió Amparo su costura, se puso su velo y se despidió:

«Toma—le dijo Rosalía saliendo de la despensa y entregándole con ademán espléndido dos mantecadas de Astorga que, por las muchas hormigas que tenían, parecía que iban a andar solas—. Están muy buenas... ¡Ah!, espera. Llevas estas botas viejas de Paquito al zapatero de tu portal para que les ponga palas. Líalas en el pañuelo grande. El lunes no te olvides de pasar por la tienda de sombreros. Luego vas a la peluquería y me traes el crepé y el pelo, que Bringas me hace los añadidos, y también hará uno para ti».

Un ratito se detuvo aún, dando vueltas por la casa con disimulo. Esperaba a que Bringas le diera la corta cantidad que acostumbraba poner en sus manos todos los sábados; pero con gran sorpresa y aflicción vio que D. Francisco no le daba aquella noche más que un afectuoso «adiós, hija», pronunciado en la puerta de su despacho. Como ella expresara de un modo muy discreto la sospecha de que su digno patrono padecía un olvido, Bringas se vio en el duro caso, con gran dolor de su corazón, de formular categóricamente la negativa, diciendo como se dice a los pedigüeños de las calles:

«Por hoy, hija, no hay nada. Otra vez será».

D. Francisco se ajustaba las gafas con la mano derecha y con la izquierda sostenía la cortina de la puerta de su despacho. Por el corto hueco que resultaba, vio Amparo, al salir, al Sr. de Caballero, sentado en un sillón y más atento a la descrita escena que al periódico que en su mano tenía.

Aquel día estaba Agustín convidado a comer en la casa, y ocioso es decir que sus agradecidos primos se desvivían en casos tales por obsequiarle y atenderle. Angustiosos sacrificios, consumados sin gloria en el foro interno del hogar, conducían a aquel resultado; y en ellos podría encontrarse la explicación de la imposibilidad en que estuvo Bringas aquel sábado de ser tan caritativo como lo fuera otros. Sí; la adición de un plato de pescado o de un ave flaca a la comida de diario, perturbaba horrorosamente el presupuesto de la familia y obligaba a D. Francisco a hacer transferencias de un capítulo a otro, hasta que la cuestión aritmética se resolvía castigando el capítulo último, que era el de beneficencia.