—¿Cuánto te han costado? ¿De dónde has sacado el dinero?
Al cabo de un rato, Refugio dio esta respuesta:
«Vendí aquella falda de raso... ¿sabes?... además, yo tenía unos cuartos...».
—¿Tú?... ¿qué tiempo hace que no das una puntada? ¿Has vuelto por la tienda? ¿Te han dado trabajo?
—No hay ahora nada. Está Madrid muy malo—replicó la joven, queriendo esquivar el asunto—. Como la gente no habla más que de revolución y dice Cordero que no entra una peseta...
Amparo, quitándose su velo, lo doblaba cuidadosamente para guardarlo en la cómoda. La otra se lavaba los brazos con verdadero furor.
«Ahora, si te parece, comeremos».
Amparo salió al pasillo y fue a la cocina. Al poco rato, volvió diciendo con enfado:
«Cada vez que entro en mi casa, se me caen las alas del corazón. ¡Qué desorden! Esto parece una leonera. Ninguna cosa está en su sitio. Eres una desastrada... Dios mío, ¡qué cocina! Tú no piensas más que en componerte. ¿Qué has puesto para comer?».
—¡Oh!, no te apures... el cocidito de siempre. ¡Ah!... Doña Nicanora me prestó tres huevos.