—Y aquí noto alguna variación. Siempre estás llevando los trastos de un lado para otro. ¿En dónde has puesto las planchas?

—¿Las planchas?...—balbució Refugio un poco turbada—. Te diré... no queda más que una. Las otras dos las he vendido. ¿Para qué las necesitábamos? Ya sabes que ayer vino el carbonero hecho un demonio. El casero estuvo hoy... No te enfades, hermanita—añadió pasándole la mano por la cara con zalamería—. He tenido que empeñar tu mantón...

Amparo se enojó de veras; pero la otra no halló para aplacarla mejores razones que estas:

«Para evitarlo, hijita, no tienes más sino traer muchos miles de casa de los señores Bringas... Abre la boquirrita preciosa y pide, pide... Para ellos lo querrían... Dime una cosa, si no hubiera hecho lo que hice ¿qué comeríamos hoy?, ¿nos mantendríamos con tus mantecadas de Astorga y tu vara y media de cinta?».

Amparo, silenciosa y abrumada de pena, había extendido un mantel sobre el hule de una mesa con faldas. Encima puso algunos platos desportillados, cucharas con el mango roto y dos tenedores cuyos mangos de hueso parecían teclas arrancadas de un piano viejo. Al poco rato apareció Refugio con un puchero de cuya boca salía humo y cuya panza, cubierta de ceniza, conservaba algunas ascuas que se extinguían rápidamente. Lo volcó sobre una bandeja y se lo llevó enseguida.

Poco tardó en volver y sentarse. De un cesto sacó varios pedazos de pan, y a medida que los iba poniendo sobre la mesa, decía con sorna: «pastel de foie gras... jamón en dulce... pavo en galantina».

Con estas tonterías, hasta la hermana mayor, que no estaba para bromas, se sonrió un instante diciendo:

«Siempre has de ser tonta».

—Pues si una se va a poner triste...

Amparo comía poco de aquel pobre, insustancial e incoloro cocido. Refugio, que había estado en la calle casi todo el día y hecho mucho ejercicio, tenía buen apetito.