—¿Bueno?, no señora; es más que bueno, es un santo—afirmó Centeno con entusiasmo.

—Ya, ya. Bien se conoce que estás en grande. Pareces un señorito. Ropa nueva, sombrerito nuevo.

—Es un santo, un santo del cielo—repitió el doctor con cierto arrobamiento.

—¿Y estudias?

—Ya lo creo... Tengo poco trabajo y voy al Instituto... Le digo a usted que me vino Dios a ver.

—¡Cuánto me alegro!

Por un instante se apartó la mente de Amparo del interés de lo que oía para pensar así:

«¿Qué cantidad será esta? Me da vergüenza de mirarlo ahora delante del muchacho».

Mientras esto pensaba ella, Centeno se entretenía en contemplar a su sabor la perfecta cara, las acabadas manos y brazos de la Emperadora. Era Felipe uno de los admiradores más fervientes que ella tenía, y se habría estado mirándola sin pestañear tres semanas seguidas.

«Pero cuéntame, ¿cómo tuviste la suerte de conocer a ese señor?».