—¿Cómo lo pasa usted?
—Bien... ¿y tú?
—Vamos pasando. Tome usted.
—¿No te sientas?
Tomó la carta. No acertaba a abrirla y el corazón le dijo que no contenía, como otras veces, billetes de teatro. Luego venía tan pegado el sobre, que le fue preciso meter la uña por uno de los picos para abrir brecha y rasgar después... ¡Jesús!... Si no acertaba tampoco a sacar lo que dentro había... ¡Dedos más torpes!... Por fin salió un papel azul finísimo, y dentro de aquel papel dejáronse ver otros papeles verdes y rojos y no muy aseados. Eran billetes del Banco de España. Amparo vio la palabra escudos, ninfas con emblemas industriales y de comercio, muchos numeritos... Le entró tal estupidez que no supo qué hacer ni qué decir. Tuvo la idea de meter todo otra vez dentro del sobre y devolverlo. ¿Pero se enfadaría...? Puso la carta y su contenido en la mesa y sobre todo apoyó el brazo. Tanta era su emoción, que necesitaba tomarse algún tiempo para adoptar el mejor partido.
«Siéntate, hombre... a ver, cuéntame qué es de tu vida».
Hablando, hablando, quizás se restablecería el orden en su cabeza trastornada.
«Dime, ¿qué tal te va con tu amo?».
—Tan bien que no sé lo que me pasa. Yo digo que estoy durmiendo.
—¿Tan bueno es?