Y untando luego la punta de su arma con veneno de ironía, siguió diciendo:
«Paso a la señorita honrada, al serafín de la casa... ¡Ah!, no quiero hablar, no quiero avergonzarte; pero conste que yo no soy hipócrita, señora hermana. Aunque estamos solas, no quiero decir más... no quiero que se te ponga la cara del color del terciopelo de ese sillón... Abur».
Amparo se quedó fría y Refugio se fue. Iba tan elegantita, tan bien arreglada que daba gusto verla. Tenía el culto de su persona, el orgullo de ponerse guapa y de ser vista y admirada. Decía de ella Doña Nicanora en son de menosprecio:—«Esta que emplea tanto tiempo en lavarse no puede ser cosa buena... Digan lo que quieran, la mujer honrada no necesita de tanta agua».
XI
Quedose Amparo sola, sentada en el sillón apoyado el brazo en el velador y la mejilla en la palma de la mano. En esta postura dejaba ir el tiempo en lenta corrida, y la meditación era en ella como somnolencia. Por su mente discurrían cosas presentes y pretéritas, las unas agradables, las otras terriblemente feas, y daban vueltas en infalible serie como las horas en el círculo del reloj. Cada idea y cada imagen perseguían a las que pasaron primero y eran acosadas de otras. Variaba el color y el sentido de ellas, pero el maldito círculo no se rompía. A ciertos intervalos se presentaba una sombra negra, y entonces la pensadora abría los ojos como espantada, buscando la luz. Y la claridad hacía su efecto; la sombra huía, mas con engañosa retirada, porque el solemne y terrorífico movimiento del círculo la volvía a traer. Abría Amparo los ojos y sacudía un poco la cabeza. Hay ocasiones en que puede uno llegar a figurarse que las ideas se escapan por los cabellos cual si fueran un fluido emparentado con la electricidad. Por esto tiene la raza humana un movimiento instintivo de cabeza, que es como decir: «márchate, recuerdo; escúrrete, pensamiento».
No podía apreciar bien la pensadora el tiempo que pasaba. Sólo hacía de rato en rato la vaga apreciación de que debía de ser muy tarde. Y el sueño estaba tan lejos de ella que en lo profundo de su cerebro, detrás del fruncido entrecejo, le quemaba una cosa extraña... el convencimiento de que nunca más había de dormir.
Dio un salto de repente y el corazón le vibró con súbito golpe. Había sonado la campanilla de la puerta. ¿Quién podía ser a tal hora? Porque ya habían dado las diez y quizás las diez y media. Tuvo miedo, un miedo a nada comparable, y se figuró si sería... ¡Oh!, si era, ella se arrojaría por la ventana a la calle. Sin decidirse a abrir, estuvo atenta breve rato figurándose de quién era la mano que había cogido aquel verde cordón de la campanilla, nada limpio por cierto. El cordón era tal, que siempre que llamaba se envolvía ella los dedos en su pañuelo. La campana sonó otra vez... Decidiose a mirar por el ventanillo, que tenía dos barrotes en cruz.
«¡Ah!... es Felipe».
—Buenas noches. Vengo a traerle a usted una carta de parte de mi amo—dijo el muchacho, cuando la puerta se le abrió de par en par y vio ante sí la hermosa y para él siempre agradabilísima figura de la Emperadora.
—Entra, Felipe—murmuró ella, con la dificultad de voz que resulta cuando el corazón parece que se sube a la laringe.