Ya Refugio se había puesto la falda y se estaba poniendo el cuerpo, estirando la tela con esfuerzo de brazo y manos, para poder enganchar los broches. Así resultaba un cuerpo tan fajado y ceñido que parecía hecho a torno.

«Para sujetarme—dijo la del diente menos con cierto tonillo de soberbia—, sería preciso que atendieras a mis necesidades. Tú puedes vivir de cañamones como los pájaros y vestirte con los pingajos que te da la Rosaliona, pero yo... Francamente, naturalmente, como dice Ido...».

Se retorcía el cuerpo, cual si tuviera un pivote en la cintura, para verse los hombros y parte de la espalda. El vestido era bonito, nuevo, cortado con elegancia y de forma y adornos un poco llamativos. Otra vez con alfileres en la boca, dijo a su hermana:

«Y si quieres que te hable clarito, no me gusta que me mandes como si yo fuera una chiquilla. ¿Soy yo mala? No. Me preguntas que cómo he comprado las botas y he arreglado mi vestido. Pues te lo diré. Estoy sirviendo de modelo a tres pintores... modelo vestido, se entiende. Gano mi dinero honradamente...».

—Mejor sería que cosieras y estuvieras en casa. ¡Ay!, hermana, tú acabarás mal...

—Pues tú... ¿sabes lo que te digo?, tú acabarás en patrona de casa de huéspedes... No iré yo por ese camino. Yo me porto bien.

—No te portas bien, yo te he de enderezar—dijo Amparo, venciendo su debilidad y mostrando energía.

—¿Y con qué autoridad?...

—Con la de hermana mayor.

—¡Valiente bobería!... Si fueras mejor que yo, pase—observó la díscola Refugio, revolviéndose provocativa, irritada, blandiendo su argumento, cual si fuera una espada, ante el pecho indefenso de su hermana—; pero como no lo eres...