Después de una pausa lúgubre, Refugio vio que por entre las cortinillas de la alcoba asomaba el brazo de su hermana. La mano de aquel brazo arrojó dos billetes en medio de la sala.

«Toma, perdida»—dijo una voz, ahogada por los sollozos.

Refugio tomó el dinero. Sabía conseguir de su hermana todo lo que quería manejando un hábil resorte de vergüenza y terror. Amparo no había sabido sustraerse a este execrable dominio.

Aplacado su furor con la posesión de lo que deseaba, la hermana menor sintió en su alma cosquilleos de arrepentimiento. Era su carácter pronto y como explosivo, y tan fácilmente se remontaba a las cumbres de la ira como caía deshecho en el llano de la compasión. Había ofendido a su hermana, le había dado terrible golpe en la misma herida sangrienta y dolorosa; y afligida del recuerdo de esta mala acción, esperó a que la agraviada saliese para decirle alguna palabra conciliadora. Pero no salía; sin duda no quería verla, y Refugio al cabo, más vencida de la impaciencia que de la consideración hacia su hermana, salió a la calle.

Aquel día, por ser domingo, no fue Amparo a la casa de Bringas. Entretúvose en arreglar la suya y coser su ropa, y después de una breve excursión a la calle para comprar varias cosillas que le hacían mucha falta, volvió a su trabajo doméstico con verdadero afán. Hizo propósito de establecer el mayor arreglo y limpieza en su estrecha vivienda. Pero ¡ay!, con aquella loca de su hermana no era posible el orden. «¿Qué saco de comprar nada—pensó—, si el mejor día me lo vende o me lo empeña todo?».

Comió sola, porque la andariega no fue a la casa en todo el día. Entró de noche ya muy tarde; pero las dos hermanas no se hablaron una palabra. Amparo estaba muy seria, Refugio parecía sumisa y deseosa de perdón. Viendo que su hermana no se daba a partido, bajó a casa de D. José y estuvo charla que charla toda la noche. Estas tertulias de la pequeña en casa de los vecinos desagradaban mucho a su hermana.

XIII

Al día siguiente, lunes, se presentó Amparo a Rosalía, después de desempeñar diferentes comisiones que esta le había encargado. Una de las primeras conversaciones que Rosalía tuvo con ella fuele horriblemente antipática, en términos que de buena gana habría puesto una mordaza en la boca de su excelsa protectora.

«Hoy estuve en San Marcos—le dijo esta—, y me encontré a Doña Marcelina Polo... ¡Qué desmejorada está la pobre señora! Será por los disgustos que le ha dado su hermano, que, según dicen, es una fiera con hábitos... Me preguntó por ti y le dije que estabas buena, que quizás entrarías en un convento. ¿Sabes cómo me contestó...?».

Amparo aguardaba más muerta que viva.