«Pues no me dijo nada; no hizo más que persignarse. Entró en la sacristía y oí mi misa».

Cuando llegó la hora en que acostumbraba ir Caballero, la joven no sabía si era temor o deseo de verle lo que embargaba su ánimo... Pero el generoso no fue aquel día, ¡cosa extraña!, y Amparo no se explicaba aquella falta sino suponiendo en él algo de lo que ella misma sentía, temor, cortedad, timidez. Él también era débil, sobre todo en asuntos del corazón, y no sabía afrontar las situaciones apuradas. En vez de Caballero fue aquel día un señor, amigo de a casa, el cual era el hombre más cargante que Amparo recordaba haber visto en todos los días de su vida. Era un presumido que se tenía por acabado tipo de guapeza y buena apostura, y se las echaba de muy pillín, agudo y gran conocedor de mujeres. Mientras estuvo allí no apartó de Amparo sus ojos, que eran grandísimos, al modo de huevos duros y con expresión de carnero moribundo. La vecindad de una nariz pequeñísima daba proporciones desmesuradas a aquellos ojos que, en opinión del propio individuo, su dueño, eran las más terribles armas de amorosas conquistas. Dos chapitas de carmín en las mejillas contribuían al estrago que tales armas sabían hacer. Sonrisa con pretensión de irónica acompañaba siempre al despotrique de miradas que aquel señor echaba sobre la joven; y sus expresiones eran tan enfatuadas, reventantes y estúpidas como su modo de mirar. Llamábase Torres, y era un cesante que se buscaba la vida sabe Dios cómo. La impresión que este individuo y sus miradas hacían en la huérfana quedan expresadas diciendo, a estilo popular, que esta le tenía sentado en la boca del estómago.

Fuera de este suplicio de ojeadas y sandeces, nada ocurrió aquel día digno de contarse; mas cuando la joven volvió a su casa, ya entrada la noche, recibió de la portera una carta que habían traído en su ausencia, y al ver la letra del sobre sintió temor, ira, rabia; estrujola, y al subir a su vivienda la rompió en menudos pedazos, sin abrirla. Los trozos de la carta metidos unos dentro de los fragmentos del sobre y otros sueltos, estuvieron algún tiempo en el suelo, y cada vez que Amparo pasaba cerca de ellos parecía que solicitaban su atención. Hasta se podía sospechar que sobrenatural mano los dispuso sobre la estera de modo que expresasen algo y fueran signo de alguna muda pero elocuente solicitud. Mirábalos ella y pasaba, pisándolos; pero los pedacitos blancos le decían: «Por Dios, léenos». Para borrar todo rastro de la malhadada epístola, Amparo trajo una escoba, emblema del aseo, que también lo es del menosprecio. Pero a los primeros golpes pudo la curiosidad más que el desdén. Inclinose, y de entre el polvo tomó un papel que decía: moribundo. Después vio otro que rezaba: pecado. Un tercero tenía escrito: olvido que asesina. Barrió más fuerte y bien pronto desapareció todo.

Mas concluida la barredura, el desasosiego de la Emperadora fue tan grande que no pudo comer con tranquilidad. A media comida levantose de la insegura silla; no podía estar en reposo; sus nervios iban a estallar como cuerdas demasiado tirantes. Levantó manteles; púsose las botas, el velo, y se dirigió a la puerta; pero desde la escalera retrocedió como asustada, y vuelta a descalzarse y a guardar el velo. Aunque estaba sola y con nadie podía hablar, la viveza de su pensamiento era tal que arrojó a la faz de la tristeza y de la penumbra reinantes en su casa estas extravagantes cláusulas: «No, no voy... Que se muera».

Mas tarde debieron de nacer nuevamente en su espíritu propósitos de salir. Cada suspiro que daba haría estremecer de compasión al que presente estuviera. Después lloraba. Era de rabia, de piedad, ¿de qué...? Acostose al fin y durmió con intranquilo sueño, entrecortado de negras, horripilantes pesadillas. Medio dormida, medio despierta, oyéronse en la angosta alcoba ayes de dolor, quejidos lastimosos, cual si la infeliz estuviese en una máquina de tormento y le quebrantaran los huesos y le atenazaran las carnes, aquella carne y aquellos huesos que componían, según Doña Nicanora, la más acabada estatua viva que produjera el cincel divino. Despierta antes del día, en su cerebro, como luz pendiente de una bóveda, estaba encendida esta palabra: «iré». Y la oscilación y el balanceo de esta palabra encendida eran así: «Debo ir; mi conciencia me dice que vaya, y mi conveniencia también para evitar mayores males. Voy como si fuera al cadalso».

Lo primero que tuvo que hacer fue inventar la explicación de su ausencia de la casa de Bringas. Cuando no las pensaba con tiempo, estas mentirijillas le salían mal, y en el momento preciso se embarullaba, dando a conocer que ocultaba la verdad. Inventado el pretexto se dispuso a salir, no verificándolo hasta que se hubo marchado su hermana. Las diez serían cuando se echó a la calle, digámoslo en términos revolucionarios, y tan medrosa iba, que se consideraba observada y aun seguida por todos los transeúntes.

«Parece que todos saben a dónde voy—pensaba andando más que de prisa para recorrer el penoso camino lo más pronto posible—. ¡Qué vergüenza!».

Y la idea de que pudiera encontrar a alguna persona conocida la hacía pasar bruscamente de una acera a otra y tomar las calles más apartadas. Habría deseado, para ir tranquila, ponerse una careta, y si aquellos días fueran los de Carnaval seguramente lo habría hecho. Atravesó todo Madrid de Norte a Sur. Las once serían cuando entraba en la calle de la Fe, que conduce a la parroquia de San Lorenzo, y reconoció desde lejos la casa a donde iba por una alambrera colgada junto a una puerta, como insignia del tráfico de trapo y cachivaches. Se compra trapo, lana, pan duro y muebles, decía un sucio cartelillo colgado en la pared. El portal no tenía número. Amparo, que no había estado allí más que una vez, cuatro meses antes, no podía distinguirlo de los demás portales sino por aquel emblema de la alambrera y del rótulo. Ya tan cerca del término de su carrera, vacilaba; pero al fin, pasando junto a la mampara de un memorialista, penetró en feísimo patio, por un extremo del cual corría un arroyo de agua verde, uniéndose luego a un riachuelo de líquido rojo. Eran los residuos de un taller de tintorería de paja de sillas que había en aquellos bajos.

Atravesó la joven apresuradamente el patio de un ángulo a otro. Mucho temió que unas mujeres que estaban allí le dijesen alguna insolencia; pero no hubo nada de esto. En el rincón del patio había una puerta que daba paso a la escalera, cuyo barandal era de fábrica. Paredes, escalones y antepechos debieron ser blanqueados en tiempo de Calomarde; mas ya era todo suciedad y mugre lustrado por el roce de tantos cuerpos y faldas que habían subido por allí. Silencio triste reinaba en la escalera, que parecía una cisterna del revés. Se subía por ella al abismo, porque mientras más alta era más oscura. Por fin llegó Amparo a donde pendía un cordón de cáñamo. Era menos limpio que el de su casa, por lo que hubo de cogerlo también con el pañuelo. Llamó quedito y no tardó en abrirse la puerta, pintada de azul al temple, dejando ver colosal figura de mujer anciana, cuya cara morena, lustrosa y curtida parecía una vieja talla de nogal. Sus cabellos de color de estopa sin cardar salían por debajo de un pañuelo negro, y era también negro el vestido con visos de ala de mosca que declaraban antecedentes de sotana. La voz cascada de aquella mujer dijo estas palabras acompañadas de un reír menudo, semejante al rumor de un sonajero:

«¡Gracias a Dios! Que haya repique de campanas... Poco contento se va a poner».