—¿Hay alguien, Celedonia?, ¿hay alguna visita?—preguntó Amparo con muchísimo recelo.
—Aquí no viene nadie, hija... Está solo y dado a los demonios. Cuando la vea a usted... Adelante. Si no tiene nada, nada más que soledad y tristeza. Le digo que pase y no quiere... Pase, pase, ¿a qué viene ese miedo? Ahora que tiene compañía, me voy a casa del tintorero.
Amparo entró en una sala no muy grande cuyas dos ventanas daban al patio. Contenía esta pieza el mueblaje de otra que había sido mayor, y de aquí su aspecto de prendería. El polvo dominaba absolutamente todo, envolviendo en repugnante gasa los objetos. Parecía un domicilio cuyos dueños estuvieran ausentes, dejándolo encomendado al cuidado de las arañas y de los ratones. En el rincón opuesto a la puerta, detrás de una mesilla de salomónicas patas, colocada junto a la ventana, había un sillón de hule negro y roto. En el sillón estaba un hombre, más que sentado hundido en él, cubierto de la cintura abajo con una manta.
Al verle, la Emperadora fue hacia él ligera. La fisonomía del hombre enfermo era toda dolor físico, ansiedad, turbación. Ella, turbada también, le alargó su mano, que el tal tuvo entre las suyas mientras decía:
«Alabado sea Dios... ¡tantos meses sin parecer por aquí! Me hubiera muerto... me quería morir. ¡Ah, Tormento, Tormento!... ¡Abandonarme así, como a un perro; dejarme perecer en esta soledad....!».
—Yo no debía venir... Había hecho propósito de no venir más... Pecado horrible, que no puede tener perdón.
Diciendo esto, parecía que se ahogaba. Rompió a llorar, ¡y de qué manera!... Vertía lágrimas antiguas, lágrimas pertenecientes a otros días y que no habían brotado en tiempo oportuno. Por eso tenían salobridad intensa y le amargaban horriblemente cuando se las bebía. Vuelta la espalda al enfermo, estaba inmóvil y en pie como una de esas bonitas imágenes que, vestidas de terciopelo, barnizada la cara y con un pañuelo en la mano, representan con su llanto eterno la salvación por el arrepentimiento.
Mirábala él con torvos y asustados ojos. También él lloraba quizás, pero por dentro. Su cara era cual mascarilla fundida en verdoso bronce, y lo blanco de sus ojos amarilleaba al modo del envejecido marfil. Queriendo dominar la situación, el enfermo desechaba con violento esfuerzo la tristeza y duelo del caso. Oídle decir en tono de impaciencia:
«Tormentito, deja eso por ahora. Estoy muy mal y me afecto mucho. La alegría de verte después de tanto tiempo se sobrepone a todo. Siéntate».
—Sí—dijo volviéndose la que el doliente llamaba con nombre tan extraño—. He venido por cumplir una obra de misericordia; he venido a visitar a un amigo enfermo, y nada más. Se acabaron para siempre aquellas locuras.