—Bueno, bueno; se acabaron. Pero sosiégate ahora y siéntate.

Tormento miró a todos lados con rápido y atento examen. Sus ojos encendidos pestañeaban y el pañuelo no había secado todo el llanto que abrasaba sus mejillas. Sonrisa ligeramente burlona animó sus labios, y dijo así:

«Que me siente... ¿Y dónde? Si todo está lleno de polvo. Si aquí parece que no se ha barrido en tres meses. Esto es un horror».

—Yo no he permitido que se barra ni se toque nada...—replicó el misántropo, hasta que tú vinieras.

—Hasta que yo viniera... ¡Jesús!

—De modo que si no vienes... me dejo morir en este abandono. Ya ves cuánta falta me haces.

Tormento buscó con qué limpiar una silla, y hecho esto, se sentó en ella frente al enfermo.

«¿Y qué dice el médico?».

—¡El médico!... Celedonia ha querido varias veces traer uno, pero yo le he dicho siempre que si le traía le echaría por la ventana. Mi médico es otro, mi medicina es que me mire una persona que conozco, que venga a verme, que no se olvide de mí.

Decía esto como un niño quejumbrón, a quien la enfermedad da derecho a ser mimoso.