—Basta, basta... todo pasó, pasó, pasó—dijo Tormento pugnando por arrojar el peso que sobre su alma tenía.
—No me riñas...
—Es que me marcharé.
—Eso no... Seré bueno. Pero es tan verdad lo que te he dicho, es tan verdad que tú, alejándote, eres mi mal y volviendo mi salud, que hoy, sólo con verte, parece que estoy bueno y que me vuelven las fuerzas. ¡Qué días he llevado! Hace un mes que apenas tomo alimento. Paso semanas enteras sin dormir... Dice Celedonia que esto es cosa del hígado, y yo le digo: «Que me la traigan, que me la traigan... y verás cómo resucito...». ¡Y tú tan inhumana, tan olvidadiza...! ¿Cuántas cartas te escribí hace tres meses? Qué sé yo. Viendo que no me respondías ni me visitabas, me resigné. Pero hace días, creyendo morirme, no pude resistir más, y te puse cuatro letras.
«¡Por Dios!...—exclamó Tormento, sin fuerzas para resistir el de su conciencia—, que no me arrepienta de haber venido. Aquello pasó, se borró, es como si no hubiera sucedido... Y la vida entera dedicada al arrepentimiento, ¿bastará, digo yo, bastará para que Dios perdone?...».
Su espanto la obligaba a decirlo todo en impersonal, porque las palabras yo, tú, nosotros, le quemaban los labios.
«Si los padecimientos purifican, si el dolor quema—manifestó el enfermo, dándose fuerte golpe en la cabeza con la palma de la mano—, si el dolor sana el alma, más puro estoy que un ángel... Ahora, si es preciso el propósito de ahogar sentimientos ya muy arraigados, si no basta con hacer como si no se quisiera y es necesario dejar de querer realmente, entonces no hay remisión para mí. Ni puedo, ni quiero salvarme».
Tormentito no tuvo fuerzas para decir nada contra esto. Su carácter débil sucumbía ante resolución tan categórica. Bajó los ojos inclinando la cabeza. El peso aquel se hizo tan grande que no podía soportarlo.
Un minuto después, en el tono más sencillo y pedestre del mundo, el tal dijo así:
«¿Sabes? Me he puesto tan bien desde que te vi, que me alegraría de tener qué almorzar».