—Pero que... ¿no hay...?
—¡Oh!, hija, estoy tan pobre, pero tan pobre... Vivo, si esto es vivir, de limosna. Hace algunos días que se acabaron todos mis recursos. Cobré algo de las cantidades, que me debía Pizarro el fotógrafo ¿te acuerdas?; parte empleé en socorrer a esa desgraciada familia del sillero que vive arriba; el resto lo he ido gastando. Aún debo cobrar tres mil y pico de reales que me debe Juárez, y además tendré lo que produzca la venta de los muebles y material de la escuela. Me lo ha tomado el Ayuntamiento; pero esta es la hora en que no me han dado un ochavo. Si no fuera por el padre Nones, ya me habría hecho llevar a un hospital.
Amparo se internó en la casa y al poco rato volvió diciendo:
«Si no hay nada, ni siquiera carbón».
—Nada, nada, ni siquiera carbón—repitió él cruzando las manos.
Tormento volvió a desaparecer. Sintiola el enfermo trasteando en la cocina, y oyó la simpática voz que decía: «Esto es un horror».
—¿Qué haces?
—Limpiar un poco—replicó ella desde lejos, confundiendo su voz con el sonido de calderos y loza.
Poco después entró en la sala, diligente. Se había quitado el velo y el mantón, y la mujer de gobierno se revelaba en toda ella.
«Pero esa Celedonia ¿dónde está?»—preguntó con mucha impaciencia.