—¿Celedonia?, échale un galgo... Cómo haya encontrado con quién charlar... ¿Para qué la quieres?

—Para mandarla a la compra, avisar al carbonero, al aguador... No puedo ver la casa tal como está, ni que, pudiéndolo yo remediar, está sin comer una persona...

—Que te quiere tanto... Has hablado como el Evangelio... No, no te arrepientas.

—Una persona que nos ha socorrido a mí y a mi hermana en días de miseria...

—¡Bah!... No cuentes con Celedonia. Esa pobre mujer es muy buena para mí, pero no sirve más que para comerme lo poco que tengo. Cuando le dan los ataques de reuma y se tumba y se pone ella a gritar por un lado mientras yo gimoteo por otro, sin podernos consolar ni ayudar el uno al otro, esta casa es un Purgatorio... Mira, hija, más vale que vayas tú misma a comprar lo que deseas darme. De tus manos comería yo piedras pasadas por agua... ve...

—¿Y si me conocen?—dijo ella temerosa.

Meditó un instante. Variando después de parecer y poniéndose el mantón por los hombros y en la cabeza un pañuelo que antes tenía al cuello, tomó la cesta de la compra y se dispuso a salir.

—Me atreveré—afirmó sonriendo con tristeza—. Hago con esto otra obra de misericordia, y Dios me protegerá.

—¡Divina y salada!...—pensó el infeliz señor viéndola salir—. Se me parece a las seráficas majas que gozan un puesto en el cielo... digo, en el techo de San Antonio de la Florida.

Y el suspiro que echó fue tal, que hubo de resonar en Roma.