—Pero una razón...
—Que no.
—Yo te contestaré con mil argumentos que de fijo te convencerán. ¡He pensado tanto en esto!... ¡he visto tan clara la pequeñez de lo que nos rodea!... Instituciones que nos parecen tan enormes, tan terribles, tan universales, se hacen granos de arena, cuando con el pensamiento rodamos por esta bola y nos vamos a donde ahora está siendo de noche. ¡Cuidado que es grande el planeta, cuidado que es grande, y hay en él variedad de cosas, de gente!... Échate a pensar...
Tormento no se echó a pensar nada, y si algo pensaba no lo quería decir. Silenciosa, miraba sus propias manos cruzadas sobre las rodillas.
«Dame alguna razón—repitió Polo—; dime algo que a ti se te haya ocurrido. ¿No tienes tú una idea?... ¿cuál es?».
—Arrepentimiento...
—Sí, pero... ¿nada más?
—Arrepentimiento—volvió a decir la Emperadora, sin mirarle ni moverse.
—Pero di una cosa; ¿a ti no te molesta esta sociedad, no te ahoga esta atmósfera, no se te cae el cielo encima, no tienes ganas de respirar libremente?
—Lo que me ahoga es otra cosa...