—La conciencia, sí... Pero la conciencia... te diré... también se ensancha saliendo a un círculo de vida mayor.
—La mía no.
—Me parece—dijo D. Pedro en un arrebato de mal humor cercano a la ira—, me parece que eres algo egoísta.
—¿Quién lo será más?
—Bueno, soy egoísta... y tú una piedra—manifestó él exaltándose—. Sí, eres una piedra, un pedazo de hielo. Vale más ser criminal que insensible; y de mí te puedo decir que prefiero ir al infierno a ir al limbo.
La joven discurría los medios de llevar la conversación a otro terreno. Su espíritu se compartía entre el arrepentimiento de haber hecho aquella visita (achacando este mal paso a su debilidad bondadosa), y el propósito de decir a Polo: «Sí, váyase, váyase en buen hora a esa isla del África y déjeme en paz». Pero su misma falta de carácter le impedía ser tan cruel y explícita... ¡Problema insoluble el suyo, dado el temple tenaz y vehemente de aquel hombre!... Los sentimientos de Amparito hacia él habían venido a ser los más contrarios a la incomprensible fragilidad de que provenía su desdicha; eran sentimientos de horror hacia la persona, extrañamente mezclados con cierto respeto a la desgracia; eran lástima confundida con la repugnancia.
En el corazón tenía la desventurada joven tanta dosis de arrepentimiento como en la conciencia, y no podía explicarse bien el error de sus sentidos ni el desvarío que la arrastró a una falta con persona que al poco tiempo le fue tan aborrecible... Mas no se atrevía a expresar estas ideas por miedo a las consecuencias de su franqueza, siendo de notar que si la caridad tuvo alguna parte en su visita, grande la tuvo también aquel mismo miedo, el recelo de que su desvío exacerbara a su enemigo y le impulsase por caminos de publicidad y escándalo. Sobre todas las consideraciones ponía ella el interés de encubrir su terrible secreto. Pero ya que estos motivos la llevaron a aquella casa funesta, era urgente pensar cómo salía de ella.
«Para muchos días—dijo—he dejado provisiones en la casa».
—¡Qué buena eres!—replicó Polo, volviendo a ser benigno y humilde, cual si le acometiera de nuevo la enfermedad—. Te vas, y ya me estoy yo muriendo. El mejor día, si no emigro, me verás pidiendo limosna por esas calles. Mi pobreza, hija, se va acumulando a interés compuesto... La suerte será que me moriré antes.
Amparo tuvo ya entre sus labios esta observación: «¿por qué no enmendarse y procurar recibir otra vez las licencias para ganarse la vida en la iglesia?». Pero tanto le repugnaba la intromisión de cualquier idea religiosa en aquel tristísimo orden de ideas, que se tragó la frase. Todo recuerdo de cosas eclesiásticas, toda alusión o referencia a ellas la hacían temblar con escalofríos, como si le pusieran un silicio de hielo. Entonces era cuando su conciencia se alborotaba más, cuando su sangre ardía y cuando el corazón parecía subírsele a la garganta, cortándole el aliento. Apartando aquellas ideas, habló así: