¡Ah!, ¡pillín!, bien preparado lo traías; que si no ¡cómo había de salir tan redondo! Caballero, en horrible batalla con su timidez, había pensado al entrar: «o lo digo palabra por palabra, o abro la ventana y me tiro al patio». Siguió a la frase triunfal un silencio... ¡chas!, a Amparito se le rompió la aguja. Las miradas del indiano observando el bulto de su amada en la penumbra, bastarían a suplir la luz solar que rápidamente mermaba. Sonó la campanilla.
«Perdóneme usted—dijo ella levantándose casi de un salto—. Voy a abrir... Es Prudencia, que salió por mineral».
Pero Agustín le interceptó la puerta, y tomándole las manos y apretándoselas mucho...
«¿No me contesta usted nada?».
—Perdóneme un momento... Tocan otra vez.
La Emperadora salió a abrir. Prudencia pasó hacia la cocina con duro pisar de corcel no domado. Poco después Amparo y Caballero se encontraban en el pasillo, junto al ángulo del recibimiento, oscuro como caverna. Las manos del tímido tropezaron en las tinieblas con las manos de la medrosa, y las volvió a cazar al vuelo. Apoyándose en la pared, ella no decía nada.
«¿Qué es eso?... ¿Llora usted?—preguntó el americano oyendo una respiración fuerte—. ¿No me contesta usted a lo que he dicho?».
Ni una palabra, gemidos nada más.
«¿No le agrada mi proposición?».
Oyó Caballero las siguientes palabras que sonaban con gradual rapidez como primeras gotas de una lluvia que amenaza ser fuerte: