«Sí... yo... yo... sí... no... veré... usted...».

—Hábleme con toda franqueza. Si a usted le desagrada...

—No... no... diré... Usted es muy bueno... Yo agradecida.

—¿Pero esos lloros, por qué son?

Parecía que se calmaba un tanto, enjugándose las lágrimas rápidamente con el pañuelo. Después se dirigió al cuarto de la costura, haciendo una seña al indiano para que la siguiera.

«¡Si Rosalía entra y me ve llorando...!»—manifestó la joven con mucho miedo, ya dentro del cuarto aquel.

—No se cuide usted de Rosalía, y responda.

—Usted es muy bueno: usted es un santo.

—Pero se puede ser santo y no gustar...

—¡Oh!... no... sí... estoy muy agradecida... Pero tengo que pensarlo... Desde luego yo...