—Vamos—dijo Agustín con cierta amargura—no le gusto a usted...
—¡Oh!, sí... mucho, muchísimo—replicó ella con expansivo arranque—. Pero...
—Pero ¿qué...? Usted no tiene parientes que se puedan oponer...
—No... pero...
—Usted es libre. Ahora, si tiene usted algún compromiso...
—Yo... sí... no... no... no es eso. No tengo nada que oponer—repuso ella con vivacidad—. Soy una pobre, soy libre, y usted el hombre más generoso del mundo, por haberse fijado en mí que no tengo posición ni familia, que no soy nada... Esto parece un sueño. No lo quiero creer... Pienso si estará usted alucinado, si se arrepentirá cuando lo medite...
El respetuoso, el encogido Caballero le habría contestado con un abrazo, expresando así, mejor que con frías palabras, la ternura de sus afectos tan contrarios al arrepentimiento que ella suponía. Pero en aquel instante entró en la habitación un testigo indiscreto. Era una claridad movible que venía del pasillo. Prudencia pasaba con la luz del recibimiento en la mano para ponerla en su sitio. Ambos esperaron. La claridad entró, creció, disminuyendo luego hasta extinguirse, remedo de un día de medio minuto limitado dentro de sus dos crepúsculos. Callaban los amantes, esperando a que fuera otra vez de noche; pero como Amparo sospechase que la moza había mirado hacia el interior de la oscura estancia, salió y le dijo:
«¡Cuánto tarda la señora!».
—¿Enciendo la del comedor?—preguntó la tarasca.
—¿Todavía?... Es muy temprano.