Cuando Prudencia volvió a la cocina, acercose la Emperadora a la puerta del cuarto de la costura, y el tímido oyó este susurro, que sonaba con timbre de dulce confianza:

«Pst... venga usted para acá, caballero Caballero...».

Uno tras otro llegaron al comedor, débilmente alumbrado por dos claridades, la que venía de la cercana cocina y la que asomaba por el tragaluz de la asamblea parlamentario-infantil. Se oía muy bien la voz de Joaquinito Pez profiriendo estas precoces bobadas: «Yo digo a los señores que me escuchan que la revolución se acerca con su tea incendiaria y su piqueta demoledora».

«¡Aprieta!»—murmuró Agustín.

—Siéntese usted aquí—le dijo Amparo, señalándole una silla, y abriendo los cajones del aparador para sacar los aprestos de poner la mesa.

—Yo soy hombre que cuando resuelvo una cosa, me gusta llevarla adelante contra viento y marea.

—Pues yo digo que no sea usted tan precipitado y que medite mucho esas cosas tan graves—replicó la medrosa en voz baja, para que no se enterara la criada.

La vivísima alegría que llenaba su alma no era turbada en aquel momento por ningún pensamiento doloroso.

—Todo está muy meditado—afirmó él, gozándose en mirarla y remirarla—. Y además, lo que se siente no se calcula, porque el sentir y el calcular no son buenos amigos. Hace tiempo que dije: «Esta mujer será para mí, y por encima de todo será». Los enamorados de veras tenemos doble vista; y sin haberla conocido a usted antes, me consta, sí, me consta que estoy hablando ahora con la virtud más pura, con la lealtad más... Y no me habla usted sólo al corazón y a la cabeza, sino también a los ojos, porque es usted más guapa que una diosa.

Era esta la primera flor de galantería que el huraño había arrojado en toda su vida a los pies de una mujer honesta. Con tanta facilidad lo dijo y tan satisfecho se quedó, que gozaba reteniendo en su memoria el concepto que acababa de emitir.