—Te diré... (Meditabundo.) Nada dan que decir a la vecindad, pero...
—¿Pero qué?...
—(Con profundo misterio.) La realidad, si bien imita alguna vez a los que sabemos más que ella, inventa también cosas que no nos atrevemos ni a soñar los que tenemos tres cabezas en una.
—Pues ponga usted en sus novelas esas cosas.
—No, porque no tienen poesía. (Frunciendo el ceño.) Tú no entiendes de arte. Cosas pasan estupendas que no pueden asomarse a las ventanas de un libro, porque la gente se escandalizaría... ¡prosas horribles, hijo, prosas nefandas que estarán siempre proscritas de esta honrada república de las letras! Vamos, que si yo te contara...
—Cuénteme usted esas prosas.
—¡Si tú supieras guardar un secretillo!...
—Sí que sé.
—¿De veras?
—Échelo, hombre.