—Pues... (Después de mirar a todos lados, acerca sus labios al oído de Felipe, y le habla un ratito en voz baja.)
—(Oyendo entristecido.) Ya... ¡Qué cosas!
—Esto no se debe decir.
—No, no se debe decir.
—Ni se debe escribir. ¡Qué vil prosa!
—(Reflexionando.) A menos que usted, con sus tres cabezas en una, no la convierta en poesía.
—(Con enérgica denegación.) Tú no entiendes de arte. (Intentando horadarse la frente con la punta del dedo índice.) La poesía la saco yo de esta mina.
—Vámonos, D. José.
—Vamos; y pues tú y yo llevamos el derrotero de mi casa... hablaremos... camino. Luego que desempeñes... comisión, entrarás en mi cuarto. Nicanora se alegrará mucho de verte. Apretón de manos... tertulia, recuerdos, explicaciones... (Con lenguaje cada vez más incoherente y torpe.) Yo... hablarte Emperadoras... tú... de ese amo insigne... preclaro... opulentísimo...