«No sé cómo agradecerle a usted... D. Agustín. Yo no valgo lo que usted cree».
Sin hacer caso de esto, Caballero añadía:
«Desde mañana usted mudará de vida. Eso corre de mi cuenta. Es preciso que Bringas y Rosalía lo sepan, porque a nada conduce el misterio».
Iban por la calle Ancha, sin separarse para dar paso a nadie. A ratos se miraban y sonreían. Idilio más inocente y más soso no se puede ver a la luz del gas y en la poblada soledad de una fea calle, donde todos los que pasan son desconocidos. En los sucesivos accidentes de aquel coloquio de tan poco interés dramático y cuyo sabor sólo podían gustar ellos mismos, la voz de Amparo decía:
«Sí... lo había comprendido, pero tenía miedo de que usted me dijera algo. Yo no valgo tanto como usted se figura».
—¿Usted qué ha de decir, si es la misma modestia?
Iban despacio y a cada frase se paraban deseosos de hacer muy largo el camino. Los ojos de ella brillaban en la noche con dulce y poética luz, y estaba tan orgulloso y enternecido Caballero mirándolos, que no se habría cambiado por los ángeles que están tocando el arpa en las gradas del trono del Criador...
«Otra cosa...—dijo temblando dentro de su capa—. ¿No le parece a usted que nos tuteemos?».
Este brusco proyecto de confianza asustó tanto a la Emperadora que... se echó a reír.
«Me parece—observó—que me será difícil acostumbrarme».