—Es que á tí te deslumbran los destellos de esta opulencia de similor, y no ves la verdad de la opinión social. Yo, ciego, la veo mejor que tú. En fin, déjame que me fregotee un poco la cara y la cabeza, y te diré una cosa que ha de pasmarte.
—Lo mejor sería que te callaras, Rafael, y no me enloquecieras juzgando de un modo tan absurdo los hechos más naturales de la vida... Toma la toalla. Sécate bien... Ahora te sientas, y te peinaré.
—Pues quería decirte... Se me ha despejado la cabeza; pero es el caso que ahora me retoza otra vez la risa, y necesito contenerme para no estallar... Quería decirte que cuando se pierde la vergüenza, como la hemos perdido nosotros...
—¡Rafael, por amor de Dios...!
—Digo que lo mejor es perderla toda de una vez, arrancarse del alma ese estorbo, y afrontar á cara descubierta el hecho infamante... Cuando más, debe usarse en la cara el colorete de las buenas formas, una vez perdido el santo rubor que distingue las personas dignas de las que no lo son... (Conteniendo la risa) Tú, autora de todo esto, debes ir ya hasta el fin. No te detengas á medio éxito. Fuera escrúpulos, fuera delicadezas que ya resultarían afectadas. ¿No has conseguido aún que el amo os dé coche para salir publicando por calles y paseos la venta que habéis hecho de...? ¡Oh! no me tires del pelo. Me haces daño.
—Es que me pones nerviosa... ¡Pobre sér delicado y enfermo, á quien no se puede aplicar el correctivo de una azotaina!
—Decía que la venta... Bueno: retiro la palabra. ¡Ay!... Ello es que harás muy bien en sonsacarle el gasto del coche. El otro, mascando las palabras finas con las ordinarias, tascará el freno que tú le pones con tu talento y tu autoridad. Á cambio de la representación social con que alimentas su orgullo de pavo..., no digo de pavo real, sino de pavo común, de ese que por Navidad se engorda con nueces enteras..., á cambio de la representación social, él te dará cuanto le pidas, renegando, eso sí, porque tiene la avaricia metida en los huesos y en el alma; pero cederá, como tú sepas trastearlo, y ¡vaya si sabes! Y conseguirás el abono en el Real y en la Comedia, y las reuniones y comidas en determinados días de la semana. Hartaos de riqueza, de lujo, de vanidad, de toda esa bazofia que ha venido á sustituir el regalo fino de los sentimientos puros y nobles. ¡Que os pague en lo que valéis, que no descanse en sus arcas una sola peseta de las que continuamente trae á ellas el negocio, sucio como alma de condenado! Apenas entre la santa peseta, escamoteadla vosotras, para gastarla en trapos, comistrajes, diversiones públicas y privadas, objetos artísticos, muebles de lujo. Duro en él, á ver si revienta y os quedáis dueñas de todo, que esa sería vuestra jugada.
—Rafael, ya no más—dijo la dama vibrando de cólera.—He oído tus disparates con mi santa paciencia; pero ésta se agota ya. Tú la crees inagotable; por eso abusas... Pero no lo es, no lo es. Ya no puedo acompañarte más. Pinto acabará de vestirte... (Llamando.) Pinto... chiquillo... ¿Qué haces?
Acudió al instante el lacayito, cargado de ropa que el sastre acababa de traer.
—Estaba recogiendo el traje nuevo del señorito Rafael. El sastre dice que quiere vérselo puesto.