—Pues que pase. (Á Rafael.) Ya tienes entretenimiento para un rato. Volveré á verte vestido, y como alguna prenda no esté bien, se le devuelve para que la reforme. (Al sastre.) Pase usted, Balboa... Hay que probar todo. Ya sabe usted que este caballero es muy escrupuloso y exigente para la ropa. Conserva el sentido del buen corte y del ajuste, como si pudiera apreciarlos por la vista. (Á Pinto.) Anda, ¿qué haces? Quítale el pantalón.
—Sí, Sr. Vasco Núñez de Balboa—dijo Rafael tocado otra vez de su jocosidad nerviosa.—Me basta ponerme una prenda, para conocer por el tacto, por el roce de la tela, hasta las menores imperfecciones de la hechura. Con que... á mí no me traiga usted chapucerías fiándose de mi ceguera. Venga el pantalón... Y á propósito, amigo Balboa: mi hermana y yo hablábamos ahora... ¿Se ha ido mi hermana?
—Aquí estoy, hombre... Ese pantalón me parece que va muy bien.
—No está mal. Pues decía que necesito más trapo, Sr. Balboa. Otro terno de entretiempo, un gabán como el que lleva Morentín, ¿sabe usted? y tres ó cuatro pantalones de verano, ligeros. ¿Qué dice mi señora hermana?
—¿Yo? nada.
—Me pareció que protestabas de esta pasión mía de la ropa buena y abundante... Pues te digo que algo me ha de tocar á mí del cambio de fortuna... Y te digo más: quiero un frac... ¿Que para qué lo necesito? Yo me entiendo. Necesito un frac.
—¡Jesús!
—Ya lo sabe usted, Vasco Núñez... ¿Se ha ido mi hermana?
—Aquí estoy... y está conmigo toda mi paciencia.
—Me alegro mucho. La mía se ha evaporado, llevándose otra cosa que no quiero nombrar. Y en el hueco que dejó, se ha metido un ardiente apetito de los bienes materiales... No tengo la culpa de ello, ni soy yo quien ha traído á casa esta desmoralización mansa. Maestro, el frac prontito... Y tú, hermana querida... ¿Pero se ha ido...?