—Ahora sí... Se fué la señora—indicó tímidamente el sastre,—y me parece que un poquitín incomodada con usted.

Y era verdad que salió del cuarto la dama, no sólo por librarse de aquel suplicio, sino porque suponía, con algún fundamento, que su presencia era lo que excitaba más al desdichado joven. Allá le dejó con Pinto y el sastre todo el tiempo que duraron las probaturas y el quita y pon de ropa. Á la hora de almorzar, volvió D. Francisco de la calle, y sorprendió á su cuñada con los ojos encendidos, suspirona y triste.

—¿Qué hay, qué ocurre?—le preguntó alarmadísimo.

—Esto nos faltaba... Le aseguro á usted, amigo mío, que Dios quiere someterme á pruebas demasiado duras... Rafael está enfermo, muy enfermo.

—Pues si esta mañana se reía como un descosido.

—Precisamente... ese es el síntoma.

—¡Reirse... síntoma de enfermedad! Vaya, que cada día descubre uno cosas raras en este nuevo régimen á que ustedes me han traído. Siempre he visto que el enfermo lloraba, bien porque le dolía algo, bien por falta de respiración, ó por no poder romper por alguna parte... Pero que los enfermos se desternillen de risa, es lo único que me quedaba que ver.

—Lo mejor—indicó Fidela ocupando su asiento en la mesa, y mirando con sereno y apacible rostro á su marido,—será llamar á un médico especialista en enfermedades nerviosas... Y cuanto más pronto mejor...

—¡Especialista!—exclamó Torquemada, perdiendo repentinamente el apetito.—Es decir, un medicazo de mucha fanfarria, que después de dejar á tu hermano peor que estaba, ponga unos emolumentos que nos partan por el eje.

—No podemos consentir que tome cuerpo esa neurosis—dijo Cruz ocupando su sitio.