—¿Esa qué?... ¡Ah! ya, neurosis, paparruchosis... Mire usted, Cruz, lo que no haga mi yerno, no lo hará ningún facultativo de esos que se dan importancia desbalijando al género humano, después de llenar de cadáveres nuestros clásicos cementerios.

—No te pongas cargante, querido Tor—arguyó Fidela con dulzura.—Hay que llamar un especialista, dos especialistas, aunque sean tres.

—Con uno basta—manifestó Cruz.

—No, mejor será traer acá un rebaño de doctores—agregó D. Francisco, recobrando el apetito.—Y luego que acaben de recetar, nos iremos todos á los Asilos del Pardo.

—Es usted la misma exageración, señor mío—díjole Cruz festivamente.

—Y usted el maquiavelismo en persona, ó personificado... Y entre paréntesis, señoras mías, esa cocinera de ocho duros será la octava maravilla; pero á mí no me la da. Estos riñones me saben á quemado.

—Si están riquísimos.

—Mejor los ponía Romualda, á quién despidieron ustedes porque se peinaba en la cocina... En fin, me resigno á este orden de cosas, y transigiremos...

—Transacción—dijo Fidela, pasando la mano por el hombro de su marido.—En vez de llamar los tres especialistas...

—¿Tres nada menos? Dí más bien las tres plagas de Faraón, y la langosta médico-farmacéutica.