Desconcertado, el Tenorio sin drama afectaba no comprender, y se defendía con exclamaciones festivas; pero por dentro le atormentaban las retorceduras de su amor propio vapulado por la altiva dama. Hablaba ésta en pie, con su chiquillo en brazos, marcando el paso de niñera, y dándole golpecitos en la espalda.
—Gasta usted unas ironías que me anonadan—dijo al fin Morentín, que ya no podía contraer su rostro para fingir la hilaridad, y bruscamente se puso serio.
—¿Ironía yo...? ¡Bah! No me haga usted caso. No hay más sino que le miro á usted como á un chiquillo, y no ciertamente de los mejor educados. La juventud del día, y llamo juventud á los hombres de treinta á cuarenta años, necesita una disciplina de colegio muy dura para poder andar suelta en sociedad. No conoce la verdadera finura, ni la delicadeza, y es... ¿lo digo? una generación de majaderos muy bien vestidos y que saben algo de francés. No recuerdo quién decía la otra noche aquí que ya no hay señoras.
—La marquesa de San Salomó.
—Justo. Puede que tenga razón. Es dudoso por lo menos. Lo indudable es que ya no hay caballeros, como no sea algún viejo de la generación pasada.
—¿Lo cree usted así? ¡Oh, qué daría yo por pertenecer á la generación pasada, aunque tuviera mi cabeza llena de canas, y viviera plagado de reuma! Si así fuera, ¿sería usted más benévola conmigo?
—¿Soy yo acaso malévola? Esto no es malevolencia, Morentín, es vejez. No se ría. Yo soy muy vieja, más vieja de lo que se cree usted, si no por los años, por lo que me ha enseñado el sufrimiento.
De improviso, cambió de tono Fidela, dejando al otro cortado y con la palabra en la boca. Besuqueando locamente al nene, rompió en estos chillidos:
—¿Pero ha visto usted, Morentín, una cara más repreciosa que la de este mico de Dios, rey de los pillos y alguacil de los ángeles? ¿Conoce usted belleza igual, ni monada igual, ni desvergüenza como la suya? Esto vale más que el mundo entero. ¿Ve usted este pelito qué se me ha quedado entre los labios, besándole? Pues vale este pelito más que usted en cuerpo y alma, vale más, como unos diez mil millones de veces... elevadas á la raíz cúbica... Yo también soy matemática... Y vale más que toda la humanidad pasada, presente y futura... Conque... abur. Dile adiós, hombre. (Cogiéndole la manecita y haciendole saludar.) Dile: adiós, adiós, tonto...
Se fué al otro cuarto, y Morentín á la calle, amargado y aburrido. Su amor propio era en aquel momento como un vistoso y florido arbusto, que un pie salvaje hubiera pisoteado bárbaramente.