—Pues bien: ¿cómo soy?
—¡Ah! yo no he de decirlo.
—Ya que usted tan sincera es en la crítica de sí propia, séalo juzgando á los demás.
—No me gusta echar incienso, y como usted es de los que todavía cultivan la modestia, si yo le colmo de elogios podría creer que le adulo.
—No creeré tal cosa, sino que me hace justicia.
—No, no, de fijo que si yo le digo lo que pienso, se ruborizará usted como los jóvenes tímidos, y no volverá más á mi casa, por temor á que mis alabanzas le sonrojen.
—Yo le juro á usted que no dejaré de volver, aunque usted me compare con los ángeles del Cielo.
—Pues con ellos pensaba compararle... Mire usted cómo va acertando.
—¿Por la pureza?
—Y por la inocencia. Desde el tiempo en que era usted estudiante, y galanteaba á las patronas de las casas de huéspedes donde vivían los compañeros con quienes repasaba la lección, no ha adelantado usted un solo paso en el arte del mundo, ni en el conocimiento de las personas con quienes trata. Ya ve usted si se halla en estado de inocencia, y si merece elogios. Ha conseguido aprender muchas cosas, no todas de gran provecho, la verdad; pero el tacto fino para conocer el grado y la clase de afecto á que debe aspirar en sus relaciones de amistad no lo tiene todavía Pepito Morentín. Es usted muy niño, y si no se da prisa á aprender esto, creo que mi Valentín le va á tomar á usted la delantera.