—No me diga usted que no es modesta. Harto conoce cada cual lo que vale... Pero hay una cosa de que sin duda, por la abstracción en que la tienen los trabajos maternales, no se ha enterado usted todavía.

—¿Qué?

—Que ahora está usted hermosísima, vamos, en un grado de hermosura desesperante. Créame usted: cuando se la contempla, se padece vértigo... y estoy por decir que oftalmía. Es como mirar al sol.

—Pues póngase usted vidrios ahumados—dijo Fidela echándose á reir, y mostrando las dos carreras de perlas de su incomparable dentadura.—¿Pero para qué, si tiene usted ahumado el entendimiento?

—Gracias.

—No... ahora me da por la sinceridad. Y haciendo gala de inmodestia, diré á usted que si nada valgo en... ¿cómo se dice?... en el concepto general, lo que es como belleza... ¿Verdad que estoy guapísima? No crea usted que me voy á ruborizar por oirlo decir. Si estoy cansada de saberlo.

—Su sinceridad es un nuevo atractivo en que no había reparado hasta ahora.

—Es que usted en nada repara. No se fija más que en sí mismo, y como se mira tan de cerca, no puede verse bien.

—Tan no me he mirado nunca, que no sé cómo soy.

—Eso lo creo, porque si usted lo supiera no sería como es. Le hago ese favor.