—En todo, absolutamente en todo, es usted el hombre de la suerte. ¿Qué virtudes extraordinarias son la causa de que así le proteja y le mime Dios Omnipotente? Tiene usted una mujer que si se buscara con candil otra igual por toda la tierra, no se la había de encontrar. ¡Vaya una mujer! Todo el dinero que usted posee no vale lo que el último cabello de su cabeza...
—Buena es, sí, buenísima—replicó el tacaño,—y por ese lado no hay queja.
—Ni por otro alguno. Pues estaría bueno que usted se quejara, cuando parece que el dinero no sabe ir á ninguna parte más que á su bolsillo... Y á propósito, amigo mío: dícese que toman ustedes en firme todas las acciones del ferrocarril leonés.
—Así lo hemos acordado.
—Por eso he visto locos de entusiasmo á dos ó tres individuos de la colonia leonesa; y hablan de darle á usted un banquete y qué sé yo qué.
—¿Banquetearme, porque voy á mi negocio?... En fin, si ellos lo pagan...
—Naturalmente.
Morentín continuaba siendo el visitante pegajoso en la casa de San Eloy, y con el pretexto de acompañar á su amigo Rafael, se pasaba allí las horas muertas tarde y noche. Pero es el caso que el ciego abominaba de él secretamente, y se ponía nerviosísimo cuando le sentía la voz. Cruz, por su parte, no gustaba de tal asiduidad. Mas ninguno de los dos encontró manera de echarle, ni aun de conseguir, por cualquier discreto artificio, que redujera sus visitas á lo estrictamente indicado por las prácticas sociales. Entró una tarde, por familiar costumbre, en el gabinete de Fidela y en el cuarto de Valentinico, próximo á la alcoba matrimonial, y allá se estuvo embelesado, viendo á la Marquesa de San Eloy en todo el lleno de sus funciones maternales, abrumándola de adulaciones hiperbólicas con las formas más extravagantes de la galantería después de haber ensayado con deplorable éxito las más comunes.
—Porque usted, Fidela, es uno de esos ejemplos raros en la Historia, en la Historia sagrada y profana, no hay que reirse... sé lo que digo. El hombre que á usted la posee debe de tener las mejores aldabas en el tribunal divino, porque si no, ¿cómo le han dado el número uno, la criatura selecta, el non plus ultra?
—Vamos, que no pico tan alto como usted cree. En cierta ocasión me dejé decir que yo valía mucho. ¡Cuánto me he reído de aquella jactancia! Pues ahora me parece que no valgo nada, y que no tengo ningún talento. No crea usted que lo digo por modestia. La modestia sigue pareciéndome una tontería. Ahora que tengo delante de mí algo muy grato, de muchísima responsabilidad, entiendo que no puedo llegar á lo que deseo.