—Ya se ha ido.

—Fíjese usted en que Rufina no ve con buenos ojos al hijo varón. Naturalmente, antes de casarme yo, pensaba la niña que todo iba á ser para ella cuando yo cerrase la pestaña, y no crea usted, se puso de uñas conmigo á raíz de mi casamiento. ¡Ah, es de lo más egoísta esa mocosa! Yo no sé á quién sale. ¿Le parece á usted que la prohiba el venir acá?

—¡Oh, no! ¡Pobrecilla!

No le costó poco trabajo á la tirana quitarle de la cabeza estas ideas. Al principio, por no contrariarle abiertamente en todas las cosas, no insistió mucho; pero pasados unos días, no dejó de la mano el asunto hasta conseguir que á los expulsados hija y yerno, se les abriesen de nuevo las puertas de la casa. Volvió, en efecto, Rufina; mas Quevedito cortó relaciones con su suegro, y por no dar su brazo á torcer en la cuestión facultativa, seguía sosteniendo que el chico era un caso teratológico.

Los negocios, que en aquellos meses consumían á Torquemada lo mejor de su tiempo, no le impidieron dedicar algunos ratos, por la noche, á la obra magna de su progresiva ilustración. En su despacho solía leer alguna obra buena, la Historia de España, por ejemplo, que á su juicio era el indispensable cimiento del saber, y consagraba algunos ratos á la compulsión de Diccionarios y Enciclopedias, en las cuales veía satisfechas sus dudas sin tener que recurrir á Zárate, que le mareaba con su vertiginosa ciencia. Con esto, y con redoblar su atención cuando oía hablar á personas eruditas, se fué afinando en estilo y lenguaje hasta el punto de que, en aquella tercera fase de su evolución social, no era fácil reconocer en él al hombre de la fase primera ó embrionaria. Hablaba con mediana corrección, huyendo de los conceptos afectados ó que transcendiesen á sabiduría pegadiza, y de fijo que si su enseñanza no hubiera empezado tan tarde, habría llegado á ser un rival de Donoso en la expresión fina y adecuada. ¡Lástima que la evolución no le hubiese cogido á los treinta años! Aun así, no había perdido el tiempo. Haciendo su propia crítica, y dejando á un lado la modestia, que en los monólogos no viene al caso, se decía: «Hablo muchísimo mejor que el Marqués de Taramundi, que á cada momento suelta una simpleza.»

Al propio tiempo su facha parecía otra. Personas había, de las que le conocieron en la calle de San Blas y en casa de doña Lupe, que no le creían el mismo. La costumbre de la buena ropa, el trato constante con gente de buena educación, habíanle dado un barniz, con el cual las apariencias desvirtuaban la realidad. Sólo en los arrebatos de ira, asomaba la oreja, y entonces, eso sí, era el tío de marras, tan villanesco en las palabras como en las acciones. Pero con exquisito esmero evitaba toda ocasión de encolerizarse, para no perder el coram vobis ante personas á quienes, por propia conveniencia, quería considerar. Sus éxitos en el mundo eran extraordinarios, casi casi milagrosos. Muchos que en la primera fase de la evolución se burlaban de él, respetábanle ya, teniéndole por hombre de excepcional cacumen para los negocios, en lo cual no iban descaminados, y de tal modo fascinaba á ciertas personas el brillo del oro, que casi por hombre extraordinario le tenían, y conceptos que en otra boca habrían sido gansadas, en la suya eran lindezas y donaires.

El Marquesado, si al principio se le despegaba un poco, como al Santo Cristo un par de pistolas, luego se le iba incrustando, por decirlo así, en la persona, en los modales, hasta en la ropa, y la costumbre hizo lo demás. Lo que aún faltaba para la completa adaptación del título á su catadura plebeya, hízolo el criterio comparativo del público, pues éste fácilmente se explicaba que tal cabeza ciñese corona, toda vez que otras, tan villanas por dentro y por fuera, se la encasquetaban, por herencia ó real merced, no más airosamente que el antiguo prestamista.

II

Sin necesidad de que nos lo cuente el Licenciado Juan de Madrid, ni otro ningún cronista de salones, sabemos que á los tres ó cuatro meses de su alumbramiento, estaba la señora de Torquemada hermosísima, como si una rápida crisis fisiológica hubiera dado á su marchita belleza nueva y pujante savia, haciéndola florecer con todo el esplendor y la frescura de Mayo. Mejoró de color, cambiando la transparencia opalina en tono caliente de fruta velluda que empieza á madurar; sus ojos adquirieron brillo, viveza su mirada, prontitud sus movimientos, y en el orden moral, si menos visible, no era menos efectiva la transmutación, trocándose lentamente en gravedad el mimo, y en juicio sereno la imaginatividad traviesa. Vivía consagrada al heredero de San Eloy, que si en los primeros días no era para su madre más que una viva muñeca, á quien había que lavar, vestir y zarandear, andando los meses vino á ser lo que ordena la Naturaleza, el dueño de todos sus afectos, y el objeto sagrado en que se emplean las funciones más serias y hermosas de la mujer. De cómo desempeñaba Fidela su misión de madre no se puede tener idea sin haberlo visto. Ninguna existió jamás que la superase en cuidado y solicitud, ni que con mayor sentido se penetrara de su responsabilidad. De los cariños extremados, que al principio producían en ella tensión convulsiva, pasó por gradación suave al cariño verdaderamente protector, garantía de vida para los seres débiles que amenazados de mil peligros entran en ella. De su afición á las golosinas la curó el miedo de enfermar y morirse antes de ver crecido á su hijo, y se fué acostumbrando á los alimentos sanos, y á poner método en las comidas. Novelas, no volvió á leerlas, ni tiempo tenía para ello, pues no había hora del día en que no encadenase su atención alguna faena importante, ya el aseo del chico y del ama, ya la ropa de ambos; y luego venía el dormirle, y el vigilar el sueño, y ver si mamaba ó no, y si todas sus funcioncitas se hacían con regularidad.

Á ninguna parte iba, y rarísima vez se la vió en el palco de la Comedia, durante una hora ó poco más, pues no tenía calma para estarse allí tontamente, oyendo lo que nada le interesaba, y asaltada de mil ideas terroríficas, por ejemplo: que el ama, al acostarle, no le había puesto bien tapadito, ó que se pasaba la hora de la teta, porque la muy gansa se había quedado dormida. Estaba en ascuas, impaciente porque llegase Tor para llevarla á casa. De nadie se fiaba, ni de las criadas más adictas y cuidadosas, ni de su hermana misma. Su tertulia servíale tan sólo para hacer mil consultas sobre temas de maternidad con esta y la otra señora: todo lo demás érale indiferente. Y no se crea que la monotonía de su conversación resultaba antipática, pues sabía poner en cuanto hablaba su originalidad ingénita y su gracejo. Era, en suma, encanto y admiración de cuantos íntimamente trataban á la familia. Sobre este particular dijo un día Donoso á su amigo Torquemada: