—Creo y afirmo que el fenómeno...

Don Francisco, que en aquellos tiempos había adquirido la costumbre de escuchar tras de las puertas y cortinas, espiando las ideas de su cuñada para prevenirse contra ellas, sorprendió aquel breve diálogo al amparo de un portier, y al oir repetida la palabra fenómeno, no tuvo calma para contenerse, entró, de un salto abalanzóse al pescuezo del joven facultativo, y apretándoselo con la sana intención de estrangularle, gritaba:

—¿Con que mi hijo es fenómeno?... ¡Ladrón, matasanos! El fenómeno eres tú, que tienes el alma patizamba, y comida de envidia... ¡Idiota mi hijo!... Te ahogo para que no vuelvas á decirlo.

Con gran trabajo pudo Cruz quitársele de entre las manos, y calmar su furia.

—No digo más que la verdad—murmuró Quevedito, rojo como un pimiento, arreglándose el cuello de la camisa, que destrozaron las uñas de su suegro.—La verdad científica por encima de todo. Por respeto á esta señora no le trato á usted como merece. Adiós.

—Vete de mi casa, y no vuelvas más á ella. ¡Decir que es fenómeno!... La cabeza grande, sí... toda llena de talento macho... El idiota y el orejudo eres tú, y tu mujer otra idiota. ¿Apostamos á que la desheredo?

—Cálmese, amigo D. Francisco—le dijo Cruz colgándosele del brazo, porque quería correr tras de su yerno, y echarle otra vez la zarpa.

—¡Oh! sí, señora... tiene usted razón...—replicó dejándose caer sin aliento en una silla.—Le he tratado muy á lo bruto. ¡Pero mire usted que decir...!

—No decía más sino que el niño está encanijadito... Lo de fenómeno es una broma...

—¿Broma?... Pues que vuelva, y me diga que es broma, y le perdonaré.