—Se asusta de verme.

—¡Quiá! De nada se asusta este sinvergüenza. Ahora te está mirando fijo, fijo, con los ojos muy espantados, como diciendo: «¡qué serio está hoy mi tío!...» ¿Verdad que tú quieres mucho al tiíto, Rey, Sumo Pontífice, gatito de la Virgen? Dice que sí, que te quiere muchísimo, y te estima y es tu seguro servidor que besa tu mano, Valentín Torquemada y del Águila.

Viendo que Rafael callaba melancólico, creyó que refiriéndole las gracias que con inaudita precocidad hacía ya el pequeñuelo, se animaría un poco.

—No sabes lo tunante que es. Desde que ve una mujer, se le tira á los brazos. Éste va á ser aficionadillo al bello sexo, sí señor, y muy enamorado. Mujer que vea, la querrá para sí. Y desde ahora... (dándole suaves golpes en semejante parte) le iré yo enseñando á que no se entusiasme tanto con las señoras. ¿Verdad, rico mío, que á tí te gustan las niñas guapas?... Á los hombres no les puede ver. El único con quien hace buenas migas es su padre. Cuando le sienta sobre sus rodillas para hacerle el caballito, suelta unas risas... ¿Y sabes lo que hace el muy tuno? Le quita el reloj. Es una afición loca á robar relojes... También ha sacado la maña de meterle mano al bolsillo de su padre, y... No creas, empieza á sacar duros y pesetas y á tirarlos al suelo, riéndose de verlos rodar...

—Simbolismo—dijo Rafael saliendo de su taciturnidad.—¡Ángel de Dios! Si persiste en esa maña dentro de veinte años, ayúdame á sentir.

Siempre que acompaña á su hermana, en el gabinete ó en el cuarto del chiquitín, las sensaciones, y aun los sentimientos del pobre ciego sufrían alteraciones bruscas, pasando del contento expansivo al desmayo hondísimo y aplanante. Era un variar contínuo, como los movimientos de la veleta en día de turbión. Horas tenía Rafael, en las cuales gozaba extraordinariamente oyendo á su hermana en los trajines de la maternidad, horas en que aquel mismo cuadro de doméstica dicha (para él, más bien sonata) le llenaba el corazón de serpientes. Razones de esto: que antes del nacimiento de Valentinico, era Rafael el niño de la familia, y en la época de miseria, un niño mimado hasta la exageración. Claro que sus hermanas le querían siempre; pero la nueva vida las distraía en mil cosas, y en los afanes que ocasiona una casa grande. Le atendían, le cuidaban; pero sin que fuera él, como en otros tiempos, la persona principal, el centro, el eje de toda la vida. Vino al mundo con repique gordo de campanas el heredero de San Eloy, y aunque las dos hermanas tenían siempre para Rafael cariño y atenciones, nunca eran éstas como las que al chiquitín consagraban; cosa muy natural, pues si débiles los dos, Rafael estaba formado, y no había que pensar ni en librarle de su incurable mal, ni en darle mayor robustez, mientras que Valentinico era un principio de hombre, una esperanza, que había que proteger contra los mil peligros que á la infancia rodean. ¡Eterna subordinación de los amores del pasado, ante los amores y los intereses del presente y el porvenir!

Así lo pensaba Rafael en sus murrias llenas de amargura negra: «Soy el pasado, un pasado que gravita sobre ellas, que nada les da, que nada les ofrece; y el niño es el presente risueño, y un porvenir... que interesa como incógnita.»

Su imaginación siempre en ejercicio le representaba los hechos usuales informados por su idea. Creía notar que su hermana Cruz, al ocuparse de él, lo hacía más por obligación que por cariño; que algunos días le servían la comida de prisa y corriendo, mientras que se entretenían horas y más horas dándole papillas al mocoso. Figurábasele también que su ropa no se cuidaba con tanto esmero. Á lo mejor, le faltaban botones, ó aparecían descosidos que le molestaban. Y en cambio, las dos señoras y el ama consagraban días enteros á los trapitos del crío. Sobre esto, claro está, guardaba un silencio absoluto, y antes muriera que proferir una queja. Su hermana Cruz había notado en él una tristeza fúnebre, un laconismo sombrío y un suspirar de ese que saca la mitad del alma en un aliento. Pero no le interrogaba, por temor á que saliese con alguna tecla de las de marras. «Peor es meneallo», se decía hablando como Cervantes y como D. Francisco.

IV

Sobre el asunto de Morentín, sí hablaron con amplitud, y discutiendo el artificio más propio para evitar la constancia de sus visitas, convinieron en valerse de Zárate. Rafael habría deseado que se le echara sin miramiento alguno; pero á esto no se avino Cruz, por no disgustar á la señora de Serrano Morentín, una de las amigas más adictas y leales. Lo mejor era que Zárate le soltase esta indirecta: «Mira, Pepe, sea por lo que fuese, Rafael te ha tomado antipatía, y se excita siempre que te siente á su lado. Conviene que dejes de ir una temporadita por allá. Las señoras no quieren decírtelo porque no lo tomes á mal. Pero yo, amigo tuyo, amigo de ellas, te aconsejo, etc..., etc...» Acordando este plan, á Cruz le faltó tiempo para pedir al pedante su amistosa mediación; y el pedante despachó tan bien su cometido, que el otro no parecía por la casa sino contadas veces, y siempre de noche, á la tertulia grande. Los comentarios que hicieron el sabio y el galán cuando aquél le transmitió los deseos de las señoras, no constan en autos; pero es fácil colegir que uno y otro daban versión muy distinta de la oficial á los móviles de aquella cortés despedida.