Y á Rafael se le quitó un peso de encima con la seguridad de que su antiguo amigo no le visitaría con tanta frecuencia. Mas no disminuyeron por ello sus tristezas, que Cruz, á fuerza de cavilar, se explicaba porque el convencimiento de su error, en lo que de Fidela tan malignamente supuso, le inquietaba la conciencia. En efecto, Rafael parecía disuadido de los pensamientos maliciosos que le sugirió su insana lógica de ciego pesimista y reconcentrado. Una noche se lo confesó á Cruz, añadiendo que si rectificaba su infame juicio por lo tocante á Fidela, lo mantenía por Morentín, pecador de intención; como que cifraba su orgullo en ser adúltero sin drama y corruptor de las familias con discreto escándalo.

—Y para que veas cómo mi lógica no me engaña siempre—añadió,—te diré que lejos de cesar ahora la difamación de mi hermana, aumenta y toma cuerpo, porque el mundo no recoge, no puede recoger la piedra que tira.

—Bueno—replicó la primogénita, queriendo cortar.—No te ocupes de eso, y desprecia la maledicencia.

—Yo la desprecio; pero siempre existe.

—Basta ya.

—Basta, sí.

Al quedarse solo, inclinando la cabeza sobre el pecho, se sumergió en cavilaciones obscuras, cavernosas: «¿Soy yo el equivocado? No, porque pensé este desate de la opinión contra la honra de mi casa, y acerté. Si mi hermana se ha mantenido en sus deberes, realizando el mayor prodigio de los tiempos, esto sólo quiere decir que la raza es de elección... sí señor... savia superior, incorrupta en medio de esta sentina...»

Levantóse bruscamente, y como si aún creyera que allí permanecía su hermana Cruz, dijo con énfasis:

—Pero ví yo el peligro, ¿sí ó no?

No tardó en caer en la silla. Su tristeza se resolvía en un vivo desprecio de sí mismo; su amor propio, mucho más potente que el de Morentín, y de mejor fuste, no se curaba con tanta facilidad de las caídas, y él se sentía caído de lo más alto de su orgullo á lo más profundo de su conciencia.