—Zárate, demonio de Zárate, ¿dónde estás?... Por amor de Dios...—clamaba con voz ronca.—Toma el niño, cógele, hombre, cógele pronto... que si no, le estrello contra el suelo... ¿Qué haces? No puedo más... Zárate, cógele... ¡Dios mío!

Acudió al instante el sabio, cogió casi en el aire al niño; despertóse éste dando berridos, y cuando apareció la madre presurosa, vió á su hermano que caía en el sofá con epilépticas convulsiones. Pero rápidamente se rehizo, y con nerviosa hilaridad, procurando estirar los músculos y serenar su alterado rostro, decía:

—No es nada... nada... Esto que me da... una tontería... Parece que me crecen las fuerzas..., que soy un Hércules ó que me vuelvo de trapo y no sé tenerme... no sé... ¡Cosa más rara!... Ya pasó, ya estoy bien... Quiero estar solo... Que me lleven, que me saquen de aquí... Y el niño... ¿le ha pasado algo? ¡Pobrecito... estas criaturas son tan débiles! De ciento, los noventa y ocho perecen...

Acudió también la hermana mayor, que con ayuda del pedante le llevó á su cuarto, donde un rato después hablaba tranquilamente con su amigo, recordando episodios de la época estudiantil. Ya cerca de la noche, pidió que se le llevara otra vez al gabinete de Fidela, y allí se entabló conversación amena, porque entró Cruz diciendo:

—Parece cosa acordada que á tu marido le obsequiarán con un banquete monumental los leoneses, por su iniciativa en lo del ferrocarril.

Y Zárate, que era de los que mangoneaban en aquel asunto, confirmó la noticia, agregando que ya se habían inscrito unos ochenta, y que la junta organizadora había tomado el acuerdo de no limitar la fiesta al elemento leonés, sino que podía inscribirse y asistir todo el que quisiera, pues así se daba á la manifestación carácter nacional, público y solemne homenaje al hombre extraordinario que ponía sus capitales y su inteligencia al servicio de los intereses públicos.

Cuando esto decía, y antes de que Fidela y Cruz añadieran ningún comentario, entraron Torquemada y Donoso.

—¿Conque, Tor, te van á dar un comebú muy grande?—le dijo su esposa.—Me alegro; que estas solemnidades no han de ser solo para los literatos y poetas.

—No sé á qué vienen esas comilonas... Pero se empeñan en ello, ¿y qué he de hacer yo? Mi línea de conducta será comer y callar.

—Eso no—dijo Cruz.—Pues flojito discurso tendrá usted que pronunciar.