—¡Yo...!
—Tú, sí. Querido Tor, la salsa de esos banquetes está en los brindis.
—Brindarán ellos. Pero yo... ¡hablar ante tanta gente ilustrada!
—No lo es usted menos—observó Cruz.—Y bien podrá decirles cosas muy saladas, si quiere, cosas de sentido práctico, y de verdadera elocuencia á estilo inglés.
—En ningún estilo abro yo la boca delante de tanto prohombre y de tanta eminencia.
—No habrá más remedio, querido D. Francisco—indicó Donoso,—que decir cuatro palabras. Por más que se acuerde que no haya brindis, alguien ha de hablar, al menos para exponer el objeto de la solemnidad; y naturalmente, usted tiene que dar las gracias... una manifestación sencilla, sin pretensiones de elocuencia, frases salidas del corazón...
El chiquillo soltó la risa, y todos, Torquemada el primero, considerando que se reía del discurso de su papá, corearon su infantil alegría.
—Mico de Dios, ríete, sí, del discursito que va á pronunciar Tor. ¿Verdad que tú sabes hablar mejor que él?... Déjate, que ya iremos los dos á silbarle.
—No tiene usted más remedio—dijo Zárate dejándose ir á la adulación,—que decirnos su pensamiento sobre ciertas y determinadas materias que agitan la opinión. Es más, lo esperamos ansiosos, y privarnos de oir su palabra sería defraudar las esperanzas de todos los que allí hemos de reunirnos.
—Pues yo parto del principio de que al buen callar llaman Sancho. Despotriquen ellos todo lo que quieran, y si veo que viene mucho incienso, les diré lacónicamente que yo no me pago de lisonjas, que soy muy práctico, y que me dejen en paz, ¡ea!