Afanado buscó á Donoso entre los que á una banda y á otra tenía en fila de honor, como los apóstoles en el cuadro de la Cena, y notó vacío el puesto de su amigo, que en aquel momento hubiérale sido de gran ayuda, pues sólo con que él le alentara recobraría la serenidad, y con la serenidad, la memoria.

—¿Qué ha sido de D. José?—preguntó con viva inquietud.

Pronto fué informado de que había tenido que abandonar la mesa, porque le avisaron que su esposa se hallaba en peligro de muerte. Contrariedad no floja era ésta para el tacaño, pues sólo con mirar á Donoso, las ideas se le refrescaban y acudían á su mente las palabras finas, y el habla elegante, acompasada y ceremoniosa.

Pues señor, no había más remedio que salir del paso como se pudiera. Procuraría reconcentrar todas las energías del caletre, sin dejar de atender á la charla de los dos apóstoles que á su lado tenía. No tardaron en apuntar en su mente algunos conceptos de lo que había escrito la noche anterior; pero las ideas aparecieron en dos ó tres formas, porque escribió primero algo que no hubo de parecerle bien, y lo rompió y vuelta á escribir, y á romper... Vamos, que aquello era un ciempiés. Por suerte suya recordaba perfectamente diversas formulillas retóricas oídas en el Senado, y que se pegaban á su magín como líquenes á la roca... Luego, algo había que dejar á la inspiración del momento, sí, señor...

Sirvieron una como torta que D. Francisco no supo si era cosa de hielo, ó de fuego, porque por un lado quemaba, y por otro ponía los dientes como si mascaran nieve... No se dió cuenta del curso del tiempo, y de pronto vió que entre él y el comensal de la derecha se introducía el brazo del mozo con una botella, y que le echaba champagne en la copa chata. En el mismo instante sintió tiroteo de taponazos, y una algazara, un murmullo sordo y penetrante... Levantóse uno de aquellos puntos, y por espacio de medio minuto no se oyó más que el chicheo de los que mandan callar. Prodújose al fin un silencio relativo, y... ahí va el discursito en nombre de la junta organizadora, explicando el objeto de aquel homenaje.

VII

En rigor de verdad, el primer orador (un señor Director, cuyo nombre no hace al caso), retinto, de libras, habló malditamente, aunque otra cosa dijeran, rindiendo tributo á la cortesía, los periódicos de la mañana. ¡Cuánta vulgaridad! Que le dispensaran si hacía uso de la palabra, asumiendo la representación de la junta organizadora, él tan humilde, él tan poca cosa, él sin duda el último... pero por lo mismo que era el último, hablaba el primero, para dar las gracias al ilustre hombre que se había dignado aceptar, etcétera... Enumeró las batallas que hubieron de librarse contra la modestia del grande hombre, lucha horrible, en la cual la modestia se defendió bravamente, y hubo que traer casi á rastras al señor Marqués de San Eloy, hombre de trabajo, hombre de aislamiento y soledad, hombre de silencio fecundo, hombre que huía del brillo social, y de los trompetazos de la fama. Pero no le valía. Forzoso era, para bien de la misma sociedad, sacarle á tirones de su retiro, traerle á donde pudiera recibir los plácemes que merecía..., «rodearle de nuestros cariños, de nuestros homenajes, de nuestros... de nuestros loores, señores, para que sepa lo que vale, para que la sociedad pueda expresarle su inmensa gratitud por los beneficios que de su inteligencia poderosa ha recibido... He dicho.» (Grandes aplausos; el orador se sienta muy sofocado, limpiándose el sudor del rostro. D. Francisco le abraza con el brazo izquierdo nada más.)

No se había calmado el barullo producido por el primer discurso, cuando allá, en el opuesto extremo del salón, surgió un señor alto y seco, que debía tener fama de orador brillante, porque le procedió un murmullo de expectación, y todo el grave concurso se relamía de satisfacción por las sublimes cosas que pronto se oirían. En efecto, el demonio del hombre era una máquina eléctrica. Hablaba con la boca, con los brazos, que parecían aspas de molino, con las trémulas manos, que casi tocaban al techo, con los crispados dedos, con todo el semblante congestionado, echando fuego, con los ojos que se le salían del casco, con los lentes tan pronto caídos, tan pronto puestos sobre el caballete de la nariz por la misma mano que quería horadar el techo. Tal era el desbordamiento de su oratoria enfática y kaleidoscópica, que si aquello dura más de quince minutos, todos salen de allí con el mal de San Vito. ¡Qué acumular idea sobre idea, qué vértigo de figuras, corriendo como vagonetas descarriladas, que al chocar montan unas sobre otras, qué tono furiosamente altísono, desde el primer momento, tanto que no había gradación posible, y su oratoria era una sucesión delirante de finales de efecto! Como el tal era ingeniero (no sé si por Madrid ó por Lieja) iniciador de obras públicas tan grandiosas como impracticables, se despotricaba con un lío espantoso de retóricas del orden industrial y constructivo, y todo era carbón por allí, calderas al rojo cereza por allá, las espirales de humo que escribían sobre el azul del cielo el poema de la fabricación, el zumbido de los volantes, el chasquido de las manivelas; y tras esto, los dinamos, las calorías, la fuerza de cohesión, el principio vital, las afinidades químicas, para venir á parar al arco iris, á las gotas de rocío que descomponen el rayo solar, y qué sé yo, Dios de mi vida, todo lo que salió de aquella boca. Y á todas estas, nada había dicho aún de D. Francisco, ni se veía la relación que el festejado pudiera tener con toda aquella monserga de gotas de rocío, dinamos y manivelas.

Sin abandonar el estilo vertiginoso y las gesticulaciones epilépticas, hizo la gradación gallardamente. Presentó á la humanidad dándose de cachetes con la ciencia, como quien dice. La ciencia bebía los vientos para redimir á la humanidad, y ésta emperrada en no dejarse redimir. Naturalmente, nada se conseguiría hasta que aparecieran los hombres de acción. Sin ellos, era impotente la señora ciencia. Por fin ¡hosanna! aparecido había el hombre de acción. ¿Y quién dirán ustedes que era el hombre de acción? Pues D. Francisco Torquemada. (Grandes aplausos como salutación al nombre.) Después de un breve panegírico del ilustre leonés, el orador se sentó, entre un diluvio de aclamaciones de entusiasmo. Desplomóse sin aliento en la silla, como un obrero que se cae del andamio, con todos los huesos rotos, y hay que llevarle al hospital.

Siguió un paréntesis de bulla, risas y tiroteo ingenioso.