—Que hable D. Fulano, que hable el señor Tal.

La concurrencia se hallaba en ese placentero estado psicológico, del cual se deriva toda la amenidad y gracia de esta clase de festines. Á cada quisque tocaba un poquitín de la vis cómica que se derramaba por todo el ámbito del grandísimo comedor. Después de pinchar á éste y al otro, levantóse, no sin hacerse mucho de rogar, un señor pequeño y calvo. Había llegado el momento de la aparición del gracioso, pues en la solemnidad banquetil, para que el conjunto resulte completo, ha de haber una sección recreativa, un orador que trate por lo festivo las mismas cuestiones que los demás han tratado por lo grave. El indicado para llenar este vacío era un antiguo periodista, magistrado por poco tiempo, después diputado cunero, y en algunas épocas de su vida contratista de tablazón para envase de tabacos. Tal fama de gracioso tenía, que antes que hablara, ya se desternillaban de risa los oyentes.

—Señores—empezó,—nosotros hemos venido aquí con fines muy malos, con intenciones aviesas, y yo, porque así me lo dicta mi conciencia, pido al señor Gobernador, aquí presente, que nos lleve á todos á la cárcel. (Risas.) Hemos traído engañado al Sr. Marqués de San Eloy. Él vino á honrarnos con su compañía en esta mesa pobre... y ahora resulta que le damos un menú (que algunos llaman minuta) de discursos, un verdadero indigestivo para que le haga daño la comida.

El preámbulo fué muy divertido, y luégo entró en materia diciendo:

—Ninguno de los aquí presentes sabe quién es el Marqués de San Eloy, y yo, que lo sé, os lo voy á decir. El Marqués de San Eloy es un pobrecito, y los ricos, los poderosos somos los que le festejamos. (Risas.) Es un pobrecito que pasaba por la calle y le hemos invitado á entrar aquí, y entra, y participa de nuestro festín... No, no reirse; pobrecito dije y os lo voy á demostrar. No es rico el que poseyendo riquezas, las consagra á labrar el bien de la humanidad. Es tan sólo un depositario, un administrador, no de lo suyo, sino de lo nuestro, porque lo destina á mejorar nuestra condición moral y material. (Aplausos, aunque el argumento á nadie convencía.)

Prosiguió ensartando disparates, y jugando con la paradoja, hasta que terminó, ofreciendo cómicamente su protección al administrador de la humanidad, don Francisco Torquemada. Imposible mencionar todo lo que después se dijo, en varios tonos; hubo discursos buenos y breves, otros largos, difusos, y sin ninguna substancia. Un señor habló en nombre de la provincia de Palencia, limítrofe de la de León, asegurando que no hacían falta tantos ferrocarriles, aunque él no los combatía, ¡cuidado! y que los capitales deben emplearse en canales de riego. Otro habló en nombre del Ejército, á que pertenecía, y el de más allá en nombre de la Marina mercante. Alguien dijo también cosas muy entonadas en nombre de la clase aristocrática, y en nombre del Colegio de Notarios, y el Gobernador expresó su sentimiento por que el señor de Torquemada no fuese hijo de Madrid, idea contra la cual protestaron airados los leoneses; pero el Gobernador remachó la idea, asegurando que León y Madrid vivían en perfecta fraternidad. Saltó uno de Astorga, llamando á Madrid su segunda patria, patria primera de sus hijos, y al fin concluyó por echarse á llorar; y otro, que había venido de Villafranca del Bierzo, aseguró ser sobrino del cura que bautizó á D. Francisco, lo cual fué el detalle tierno de la solemnidad. Gracias á un oportunísimo quite, se pudo evitar que unos ñales de poetas leyeran los versos que ya tenían medio desenvainados con la intención más alevosa del mundo. Por la calidad de las personas allí reunidas, y el objeto serio de la solemnidad, no estaba en carácter la lectura de composiciones poéticas. Y al fin, se aproximaba el momento culminante. El héroe de la fiesta, mudo y pálido, revolvía ya en su mente las primeras frases del discurso. En los breves instantes que le faltaban, hizo acopio de su valor, y fijó bien en su mente ciertas reglas que se había propuesto seguir, á saber: no citar autores en concreto, sin absoluta seguridad en la cita; expresar vagamente y con frases equívocas todo aquello de que no tuviese un gran dominio; quedarse siempre entre dos aguas sin decir blanco ni negro, como hombre que más peca de reservado que de comunicativo, y pasar, como sobre ascuas, sobre todo punto delicado de los que no pueden tomarse en boca profana sin peligro de soltar una barbaridad. Hecha esta preparación mental, y encomendándose á su ausente ídolo literario, el señor de Donoso, á quien creía llevar en esencia dentro de sí mismo, como una segunda alma, levantóse y aguardó tranquilo á que se produjese el silencio augusto que necesitaba para empezar. Gracias á los diligentes taquígrafos que el narrador de esta historia llevó al banquete, por su cuenta y riesgo, han salido en letras de molde los más brillantes párrafos de aquella notable oración, como verá el que siga leyendo.

VIII

—«Señores: no voy á pronunciar un discurso. Aunque quisiera, y vosotros... digo que aunque vosotros gustárais de oírmelo, yo no podría, por causa de mi pobreza... (murmullos) de mi pobreza de medios oratorios. Soy un individuo rudo, eminentemente trabajador, y de la clase del pueblo, artesano por excelencia del negocio honrado (Bien, bien)... No esperéis de mí discursos más ó menos floreados, porque no he tenido tiempo de aprender la ciencia oratoria. Pero, señores y amigos, no puedo faltar á lo que exigen de mí vuestra cortesía y mi gratitud[1], y he de manifestar cuatro mal pergeñadas... manifestaciones, que si pobres de estilo y toscas de literatura, serán la expresión sincera de un corazón agradecido, de un corazón noble, de un corazón que late...[2], ahora y siempre, al compás de todo sentimiento hidalgo y generoso. (Muy bien.)

»Repito que no esperéis de mí bonitos discursos, ni elocuentísimos períodos. Mis flores son los números; mis retóricas el cálculo; mi elocuencia... la acción. (Aplausos.) La acción señores. ¿Y qué es la acción? Todos lo sabéis, y no necesito decíroslo. La acción es la vida, la acción es... lo que se hace, señores, y lo que se hace... dice más que lo que se dice. Háse dicho... (pausa) háse dicho que la palabra es plata, y el silencio es oro. Pues yo añado que la acción es todo perlas orientales, y brillantes magníficos. (Aprobación calurosa.)

»Cábeme la satisfacción de contestar á los señores que me han precedido en el uso de la palabra, y al hacerlo... (pausa) cúmpleme declarar que en manera alguna hubiera aceptado este inmerecido homenaje que me tributáis, absolutamente, si no me obligaran á ello consideraciones de este y el otro linaje, sin que de cerca ni de lejos me hayan traído aquí móviles de vanidad...[3], hasta el punto de que... mi ánimo... vamos, que mi absoluto fin era prevalecer en la línea de conducta que he observado siempre, y afirmarme en la tesis de que debemos rehuir cuanto tienda al enaltecimiento personal..., que ¡harta representación tienen en el actual momento histórico las personalidades, señores...![4] y es tiempo ya de que se glorifiquen los hechos, no las personas, los principios, no las entidades... que yo reconozco su mérito, señores, yo lo reconozco; pero ya es tiempo de que por encima del individuo personal estén los hechos, la acción, el gran principio de obrar (alzando la voz) cada cual en su propio elemento, y en el círculo de sus propias operaciones. (Muy bien, bravo.)