»Pues...[18] ya no me resta que deciros sino que mi gratitud será eterna, y en ningún modo efímera, no, y que todos los presentes, sin distinción de tirios ni de troyanos (risas), me tienen incondicionalmente á su disposición. No es por alabarme; pero sé distinguir, y nadie me gana en servir á mis amigos y ayudarles en... lo que necesiten, quiero decir, que en cualesquiera cosa en que necesiten de mi modesto concurso, pueden mandarme, en la seguridad de que tendrán en mí un seguro servidor, un amigo del alma, y... un compañero, dispuesto á prestarles... todo el concurso desinteresado, todo el favor, todo el apoyo moral y moral, toda la confianza del mundo... siempre con el alma, siempre con el corazón... Les ofrezco, pues, con fina voluntad mi hacienda, mi persona, y todo cuanto soy y cuanto valgo. He dicho.» (Aplausos frenéticos, delirantes aclamaciones, gritos, tumulto. Todo el mundo en pie palmoteando, sin cesar, con estrépito formidable. La ovación no tiene término.)

IX

Los más próximos se precipitaron á abrazar al orador triunfante, y aquello fué el delirio. ¡Qué estrujones, qué vaivenes, qué sofocación! Por poco hacen pedazos al pobre señor, que con cara reluciente, como si se la hubieran untado de grasa, los ojos chispos, la sonrisa convulsiva, no sabía ya qué contestar á tan estrepitosas demostraciones. Y luego fueron llegando en confuso tropel los comensales, disputándose el paso, y todos le achuchaban, algunos con fraternal efusión y cierta ternura, efecto del ruido, de los aplausos, de esa sugestión emocional que se produce en las muchedumbres. D. Juan Gualberto Serrano, entrecortada la voz, rojo como un pavo, y sudando la gota gorda, no le dijo más que:

—Colosal, amigo mío, colosal.

Y otro le aseguró no haber oído nunca discurso que más le gustase.

—¡Y cómo se ve al hombre práctico, al hombre de acción!—dijo un tercero.

—Tenemos aquí al apóstol del sentido común. Así, así se piensa y se habla. Mi enhorabuena más entusiasta, Sr. D. Francisco.

—Sublime... Venga un abrazo. ¡Qué cosas tan buenas ¡oh! nos ha dicho usted...!

—Y también ha sabido hablar al corazón. ¡Qué hombre...! Vaya, que de esta le hacemos á usted ministro.

—¿Yo? Quítese allá—replicó el tacaño, que ya se iba cargando de tanto estrujón.—He dicho cuatro frases de cortesía, y nada más.