—Cuatro frases, ¿eh? Diga usted cuatro mil ideas magníficas, estupendas... Venga otro abrazo. Francamente, ha sido un asombro.
De los últimos llegó Morentín, y le abrazó con fingido cariño, y sonrisa de hombre de mundo, diciéndole:
—¡Pero muy bien! ¡Qué orador nos ha salido esta noche! No lo tome usted á broma; orador y de los grandes...
—Quite usted... por Dios.
—Orador, sí, señor—añadió Villalonga, con la seriedad que sabía poner en su rostro en tales casos.—Ha dicho usted cosas muy buenas, y muy bien parladas. Mi enhorabuena.
Y luego fué Zárate, que le abrazó llorando de verdad, porque además de pedante, era un consumado histrión, y le dijo:
—¡Ay, qué noche, qué emociones!... Mi enhorabuena en nombre de la ciencia... sí... de la ciencia, que usted ha sabido enaltecer como nadie... ¡Qué síntesis tan ingeniosa! ¡La ordinaria del mundo entero! Bien, amigo mío. No lo puedo remediar: se me saltan las lágrimas.
Y al despedirse todos, más abrazos, más apretones de manos, y nuevos golpes de incensario. Asombrado de aquel bárbaro éxito, D. Francisco llegó á dudar de que fuese verdad. ¡Si se burlarían de él! Pero no, no se burlaban, porque en efecto, había hablado con sentido, él lo conocía y se lo declaraba á sí mismo, eliminando la modestia. No se consolaría nunca de que no le hubiera oído el gran Donoso.
Acompañáronle hasta su casa los más íntimos, y allá otra ovación. Noticias exactas habían llegado del exitazo, y lo mismo fué entrar en la sala, que todas aquellas señoras se tiraron á abrazarle. Cruz y Fidela, que antes de la llegada de don Francisco, al enterarse de la gravedad de su amiga la señora de Donoso, habían pasado malísimo rato, desde que vieron entrar al héroe de la noche saltaron bruscamente de la pena al júbilo, y no pensaron más que añadir sus voces al coro de plácemes.
—Á mí no me sorprende tu triunfo, querido Tor—le dijo su esposa.—Bien sabía yo que hablarías muy bien. Tú mismo no has caído aún en la cuenta de que tienes mucho talento.