—Yo, la verdad, esperaba un éxito—dijo Cruz,—pero no creí que fuera tanto. No sé á qué más puede usted aspirar ya. Todo lo tiene: el mundo entero parece que se postra á sus pies... Vamos, ¿qué pide usted ahora?
—¿Yo? nada. Que á usted no se le ocurra ensanchar más el círculo... señora mía. Bastante círculo tenemos ya. Ya no más.
—¿Que no?—dijo la gobernadora riendo.—Ya verá usted. Si ahora empezamos... Prepárese.
—Pero todavía...—murmuró Torquemada temblando como la hoja en el árbol.
—Mañana hablaremos.
Estas fatídicas palabras amargaron la satisfacción del flamante orador, que pasó mala noche, no sólo por la excitación nerviosa en que le pusiera su apoteosis, sino por las reticencias amenazadoras de su implacable tirana.
Al día siguiente, trató en vano de recibir los plácemes de Rafael. Una ligera indisposición le retenía en su aposento del segundo piso, y no se dejaba ver más que de su hermana Cruz. Los periódicos de la mañana colmaron la vanidad oratoria del grande hombre, poniéndole en las nubes, y enalteciendo, conforme á la opinión del momento, su sentido práctico y su energía de carácter. Todo el día menudearon las visitas de personajes propios y extraños, algún diplomático, Directores de Hacienda y Gobernación, Generales, Diputados y Senadores, y dos Ministros, todos con la misma cantinela: que el orador había dicho cosas de mucha miga, y que había logrado poner los puntos sobre las íes. No faltaba ya sino que fuese también el Rey, y el Papa, y hasta el propio Emperador de Alemania. La Iglesia no careció de representación en aquel jubileo, pues llegaron también, para incensar al tacaño, el Reverendísimo Provincial de los Dominicos, Padre Respaldiza, y el señor Obispo de Antioquía, los cuales agotaron el vocabulario de la lisonja.
—Bienaventurados—dijo con unción evangélica Su Ilustrísima,—los ricos que saben emplear cristianamente sus caudales, en provecho de las clases menesterosas.
Cuando se fué la última visita, respiró el grande hombre, gozándose en la soledad de su casa y familia. Pero muy poco le duró el contento, porque le abordaron Fidela y Cruz en actitud hostil. Fidela callaba, asintiendo con la expresión á cuanto su hermana con fácil y altanera voz decía. Desde las primeras palabras, don Francisco se puso lívido, se mordía el bigote comiéndose más de la mitad de las cerdas entrecanas que lo componían, y se clavaba los dedos en los brazos ó en las rodillas, presa de la terrible inquietud nerviosa. ¿Qué nueva dentellada daba la gobernadora á sus considerables líquidos, que más bien eran sólidos? Pues era de lo más atroz que imaginarse puede, y el tacaño se quedó como si sintiera que la casa se venía abajo y le sepultaba entre sus ruinas.
En el arreglo de la deuda de Gravelinas, el palacio ducal, tasado en diez millones de reales, era una de las primeras fincas que saldrían á subasta. Decíase que con dificultad se hallaría comprador, como no le metiese el diente Monpensier, ó algún otro individuo de la familia Real, y se gestionaba para que lo adquiriese el Gobierno con destino á las oficinas de la presidencia. Finca tan hermosa y señoril no podía ser más que del Estado ó de algún Príncipe. ¡Vaya con las ideas de aquel demonio en forma femenina, la primogénita del Águila, y oráculo del hombre práctico y sesudo por excelencia! Júzguese de sus audaces proyectos por la respuesta que le dió D. Francisco, casi sin aliento, tragando una saliva más amarga que la hiel.