—¿Pero ustedes se han vuelto locas, ó se han propuesto mandarme á mí á un manicomio? ¡Que me adjudique el palacio de Gravelinas, esa mansión de príncipes coronados..., vamos, que lo compre!... Como no lo compre el Nuncio...
Rompió en una carcajada insolente, que hizo creer á la dama gobernadora que por aquella vez encontraría en su súbdito resistencias difíciles de vencer. Sintióse fuerte el tacaño en los primeros momentos, al desgarrar el hierro sus carnes, y sus resoplidos y puñetazos sobre la mesa habrían infundido pavor en ánimo menos esforzado que el de Cruz.
—¿Y tú qué dices?—preguntó D. Francisco á su esposa.
—¿Yo?... Pues nada. ¡Pero si en el negocio con la casa del Duque, comprendido el palacio y las fincas rústicas, has ganado el oro y el moro! Adjudícate el palacio, Tor, y no te hagas el pobrecito. Vamos, ¿á que te ajusto la cuenta, y te pruebo que comprándolo tú viene á salirte por unos seis millones nada más?
—Quita, quita. ¿Qué sabes tú?
—Y en último caso, ¿qué son para tí seis ni diez millones?
Miróla D. Francisco con indignación, balbuciendo expresiones que más bien parecían ladridos, pero pasado aquel desahogo brutal de su avaricia, el hombre se desplomó, sintiendo, ante las dos damas, una cobardía de alimaña indefensa, cogida en trampa imposible de romper. Cruz vió ganada la batalla, y por consideración al vencido, le argumentó cariñosamente, ponderándole las ventajas materiales que de aquella compra reportaría.
—Nada, nada; concluiremos en la miseria...—dijo el avaro con amargo humorismo.—Desde el campanario de San Bernardino, cuarenta siglos nos contemplan. Bien, bien; palacitos á mí. ¡Ay, mi casuca de la calle de San Blas, quién te volviera á ver! Que avisen á la Funeraria; que me traigan el féretro; yo me muero hoy. Este golpe no lo resisto; ¡que me muero!... Ya lo dije yo en mi discurso: esto matará á aquello... Y yo pregunto á ustedes, señoras de palacio y corona, ¿con qué vamos á llenar aquellos inmensos salones, que parecen el Hipódromo, y aquellas galerías más largas que la Cuaresma?... Porque todo ha de corresponder...
—Pues... muy sencillo—respondió Cruz tranquilamente.—Ya sabe usted que ha muerto don Carlos de Cisneros, la semana pasada...
—Sí, señora... ¿y qué?