—Que sale á subasta su galería.
—Una galería, ¿y para qué quiero yo galerías?
—Los cuadros, hombre. Los tiene de primer orden, dignos de figurar en reales museos.
—¡Y los he de comprar yo...! ¡yo!—murmuró don Francisco, que de tanto golpe tenía el cerebro acorchado, y estaba enteramente lelo.
—Usted.
—¡Ay, sí, Tor!—dijo Fidela,—me gustan mucho los cuadros buenos. Y que Cisneros los tenía magníficos, de los maestros italianos, flamencos y españoles. ¡Pero qué tonto, si eso siempre es dinero!
—Siempre dinero—repitió el tacaño, que se había quedado como idiota.
—Claro: el día en que á usted no le acomoden los cuadros, los vende al Louvre, ó á la National Gallery, que pagarán á peso de oro los de Andrés de Sarto, Giorgione, Guirlandajo, y los de Rembrandt, Durero y Van Dick...
—¿Y qué más?
—Para que todo sea completo, adjudíquese usted también la armería del Duque, de un valor histórico inapreciable; y según he oído, la tasación es bajísima.