—El Bajísimo ha entrado en mi casa, y ustedes son sus ayudantas. ¡Con que también armaduras! ¿Y qué voy yo á pintar con tanto hierro viejo?
—Tor, no te burles—dijo Fidela, acariciándole.—Es un gusto poseer esas preseas históricas, y exponerlas en nuestra casa á la admiración de las personas de gusto. Tendremos un soberbio Museo, y tú gozarás fama de hombre ilustrado, de verdadero príncipe de las artes y de las letras; serás una especie de Médicis...
—¿Un qué?... Lo que yo compraría de buen grado ahora mismo es una cuerda para ahorcarme. Me lo puedes creer: no me mato por mi hijo. Necesito vivir para librarle de la miseria, á que le lleváis vosotras, y de la desgracia que le acarreáis.
—Tonto, cállate. Pues mira; yo que tú, me quedaría también con el archivo de Gravelinas; se lo disputaría al Gobierno, que quiere comprarlo. ¡Vaya un archivo!
—Como que estará lleno de ratas.
—Manuscritos preciosísimos, comedias inéditas de Lope, cartas autógrafas de Antonio Pérez, de Santa Teresa, del Duque de Alba y del Gran Capitán. ¡Oh, qué hermosura! Y luego, códices árabes y hebreos, libros rarísimos...
—¿Y también eso lo compro?... ¡Ay, qué delicia! ¿Qué más? ¿Compro también el puente de Segovia, y los toros de Guisando? ¿Con que manuscritos, quiere decirse, muchas Biblias? Y todo para que vengan á casa cuatro zánganos de poetas á tomar apuntes, y á decirme que soy muy ilustrado. ¡Ay, Dios mío, cómo me duele el corazón! Ustedes no quieren creerlo, y yo estoy muy malo. El mejor día reviento en una de éstas, y se quedan ustedes viudas de mí, viudas del hombre que ha sacrificado su natural ahorrativo por tenerlas contentas. Pero ya no puedo más, ya no más. Lloraría como un chiquillo, si con estos resquemores no se me hubiera secado el foco de las lágrimas.
Levantóse al decir esto, y estirándose como si quisiera desperezarse, lanzó un gran bramido, al cual siguió una interjección fea, y tan pesadamente cayeron después sus brazos sobre las caderas, que de la levita le salió polvo. Todavía hubo de rebelarse en los últimos pataleos de su voluntad vencida y moribunda, y encarándose con Cruz le dijo:
—Esto ya es una picardía... ¡Saquearme así, dilapidar mi dinero estúpidamente! Quiero consultar esta socaliña con Rafael, sí, con ese, que parecía el más loco de la familia, y ahora es el más cuerdo. Se ha pasado á mi partido, y ahora me defiende. Que venga Rafaelito..., quiero que se entere de esta horrible cogida... El cuerno, ¡ay de mí! me ha penetrado hasta el corazón... ¿Dónde está Rafaelito?... Él dirá...
—No quiere salir de su cuarto—dijo Cruz serena, victoriosa ya.—Vámonos á comer.